Este primero de año mi suegra nos llevó a ver una curandera que, según ella, es maravillosa. Y como buena desahuciada que se precie y dado el magro éxito de la medicina moderna, no me hice mucho de rogar.
La mujer me cayó bien; tenía unos ojos azules de alma clara y hablaba con acento alemán. Vivía en una linda casa, con rejas en el frente y más se parecía a una abuela en día de descanso, que a la bruja Morgana. Era mi primera visita a una curandera y me ilusionaba la idea de encontrarme en una de las páginas de Harry Potter, así debo admitir que su casa limpia y con olor a eucalipto me defraudó un poco al entrar.
No sacó un libro antiguo de tapas negras ni realizó conjuros mágicos. Nos escuchó, tomó su rosario y me miró con sus ojos profundos; lo primero que dijo fue: “vos no tenés problemas para tener hijos”. Lamento desilusionarla, abuela, pero si seis años de infertilidad no califican para la categoría de “problemas”, entonces no sé como definirlo.
Pero como no hay nada mejor para los que ya nos estamos quedando secos de opciones, que escuchar las palabras que una quiere oír, cada vez que mi corazón se cierra con los porcentajes estadísticos de mi próxima transferencia de embriones, yo recuerdo sus palabras y las repito como un mantra.
Alguien me dijo una vez que si no creía, hiciera como si creyera; que el cerebro no nota la diferencia. Así que acá me ven, recitando oraciones y aireando mi casa con ruda e incienso.
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31 de enero de 2008
Brujas eran las de antes
29 de enero de 2008
¿Sirve para algo el pudor?
Varias veces he contado anécdotas de enfermeras y es que después de tantos años de ir al ruedo, si bien el toro se resiste, una termina haciéndose amiga de los banderilleros.
Debo aclarar que tengo un gran respeto por esa profesión, que puede hacer tanta diferencia en el estado físico y emocional de los enfermos, siendo, a la vez, mucho menos valorada que la profesión médica.
En Sudáfrica, me tocó una enfermera de dulce trato; pasados sus cuarenta, calculo, y de voz muy suave, tanto que a veces me costaba oírla. Quizá era el acento pero las voces etéreas y mis oídos torpes no se llevan nunca muy bien. O. dice que soy mas sorda que una tapia pero yo le argumento que, si bien es posible que sea cierto, al menos, duermo como un ángel, mientras el se despierta con el roce de un pañuelo de seda contra el suelo. Debe tener cruza con Doberman. Pero me estoy saliendo del tema.
Después de seis años de camillas y visitas a una docena de ginecólogos, la verdad es que una casi se va sacando los calzones por el pasillo nomás, para ir adelantando tiempo. Después de todo, una está en horas de trabajo y los horarios de los turnos con los médicos son, normalmente, meras estimaciones de recepcionistas alegres, por lo que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Muchos ultrasonidos atrás quedaron el pudor o el bochorno.
No es que alguna vez haya tenido mucha cantidad de vergüenza; siempre he pensado que es una emoción inútil ya que no proporciona ningún resultado fructífero, pero un siglo atrás, por ejemplo, buscaba ginecólogos que fueran mujeres. Por otra parte me gusta mi cuerpo; nunca he sentido motivos para avergonzarme de él, excepto, quizá, por su incapacidad evidente de sostener un embrión en su lugar.
En resumen, desnudarme de la cintura para abajo es totalmente irrelevante para mí y es más bien un reflejo automático cada vez que piso un consultorio ginecológico. Normalmente, las imágenes de mis folículos o las instrucciones de alguna enfermera son suficientes para desviar mi atención de la liviandad de ropas y taparse o no deja de ser una prioridad para nadie.
El día de mi última transferencia, la enfermera revoloteaba alrededor mío para que yo me sintiera cómoda y para mantenerme tapada todo el tiempo. Algún comentario al pasar me hizo saber que no sospechaba mi entrenamiento de veterana y me dio pena contradecirla, así que la dejé que hiciera lo que quisiera con las cobijas. Al fin y al cabo, yo tenía cosas más importantes en que fijar mi atención, como por ejemplo cruzar los dedos mientras traían la cánula con mis embriones. Poco faltó para que la enfermera le tapara la vista al doc, en su empeño por tirar de las mantas hacia abajo y no pude menos que sonreir cuando, después de la transferencia, con los ojos cerrados y mientras agarraba fuerte la mano de O., escucho que me dice candorosamente:
“Yo te sigo tapando; es importante mantener la decencia”
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24 de enero de 2008
Preparativos
Ya los preparativos están en marcha. Aún faltan dos meses pero un viaje de esta calaña no se puede preparar en dos días, si una quiere aprovechar buenos precios. Debo admitir que este viaje me está tomando más tiempo que preparar mi boda, cosa que hice (exitosamente, debo aclarar, a juzgar por los comentarios de los comensales) en una semana.
El vuelo será con South African Airways, vía Washington y Johannesburgo; muy largo y aburrido, pero sobreviviré con películas, novela, Ipod y mi habitual tendencia al sueño. El hotel será mi refugio, con sus jardines coloridos y su maravilloso spa. Pienso llevarme la computadora para mantenerme en contacto con mi media naranja o sea que podré ir actualizando el blog e ir transmitiendo en directo, cual guerra del golfo del 2001.
Estaré saliendo el día 24 o 25 de marzo así que en unas semanas más empezaré a tomar pastillas de estradiol, a fin de engordar mi endometrio para recibir a mis chiquitos. Aún estoy a la espera de la receta. Los medicamentos no pueden ser comprados en Estados Unidos, ya que la receta no está firmada por un médico local, con lo cual debo ordenarlos desde una farmacia de Londres que, no sólo tiene un acuerdo con la clínica sudafricana sino que además, tiene precios mas baratos que aquí. Cosas de este negocio internacional de la fertilidad.
El médico chequeará personalmente mi endometrio (no espero sustos, siempre lo tengo bien gordito cuando lo necesito) y si todo está bien, descongelarán los embriones y se transferirán al tercer día. Tengo cuatro esquimalitos, no sé cuantos sobrevivirán al proceso pero es la primera vez que descongelo algo que no sea pollo, o sea que pongo todas mis apuestas a que por lo menos tres se podrán transferir. Las probabilidades de éxito son más bajas en estos casos de criopreservacion, según el doc, pero yo no quiero escuchar hablar de porcentajes. Como decía mi médico de Miami, quien no era amigo de las estadísticas, “todo es relativo; para el que le toca, es un cien por cien; cada caso es distinto”.
En fin, este mes se cumplen seis años desde que dejé de usar pastillas anticonceptivas. Un largo y sinuoso camino hemos recorrido, y a juzgar por el tiempo que está tardando en prepararse, por el dinero que hemos tenido que gastar y por su comportamiento antojadizo (hoy estoy, mañana quien sabe) hasta la fecha, podría asegurar casi con seguridad que este bebé que viene en camino para nosotros, va a ser mujer.
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21 de enero de 2008
El Proceso
Está visto que el proceso de concepción toma tiempo y es más complejo de lo que a una se lo pintan cuando es joven. La mayoría de la gente desconoce que exista un “proceso” y no es sino hasta que una se estira patas para arriba en la camilla del médico una docena de veces, que una se da cuenta que la concepción no es instantánea. Que los planetas no se alinean automáticamente para traer un hijo al mundo. Que estamos metidas en un “proceso”. Que unos hechos deben suceder a otros. Que debemos desarrollar paciencia para activar ciertos mecanismos físicos, mentales, espirituales o vaya una a saber de que medio, que nos permitan avanzar.
En los esquemas mentales actuales, las tareas a largo plazo son difíciles de digerir. No es que no tengamos paciencia; al fin y al cabo, mal o bien, hemos aguantado el tirón por más de seis años; sin embargo, vivimos en una época en la que no se construyen catedrales ni pirámides, ni ninguna obra milenaria, sino plástico descartable y mensajes instantáneos. La gente se mide por resultados en esta generación, no en la siguiente. Y una esperaría que, analizando el problema, poniendo el esfuerzo suficiente y dirigiendo la energía y los recursos necesarios, el objetivo fuera relativamente sencillo de alcanzar.
Si mi jefe me pide un reporte para el final del día, a mí no se me ocurre decirle que tenga algo más de paciencia, ni que debe tener en cuenta el ritmo natural de las cosas; mi respuesta es “por supuesto”. Y una moviliza lo que sea necesario para que ese maldito reporte esté donde debe estar a última hora. Si tengo alguna alergia que mis médicos no detectan o mi cámera tiene un mensaje de error, voy a San Google y seguro que en alguna parte del mundo, en algún huso horario, tengo la respuesta; de inmediato. No conozco otra manera de resolver problemas. Problema, más esfuerzo, más ingenio es igual a solución. Cuando eso no funciona, estoy desorientada como rata de laboratorio a la que le cambiaron el camino a casa.
Sé que tener un hijo no es igual que un proyecto de trabajo, pero sólo tengo una manera lógica de entender las cosas; y cuando todas las fibras de mi ser me dicen “estoy lista, el entorno es el correcto, ésta es la largada”, no puedo llegar a comprender por qué diablos no quedo embarazada. Eso crea grandes sacudidas de energía en la boca del estómago (los mas verdes dirían “en el tercer chakra”) que no saben para qué lado disparar. Normalmente sale mal dirigida y alguno en el camino se la tiene que comer. Y vuelta a empezar en un proceso tenso, emocional, frustrante y desgastante: pongamos todo el esfuerzo posible en una serie de actividades que pueden resultar inútiles y que requerirán de más tiempo de lo acostumbrado. Nunca he visto un proceso más ineficiente en mi vida y mi mente práctica da vueltas carnero para entenderlo.
Quisiera creer que el mundo tiene universos paralelos o que existen más de tres dimensiones, para que mi esquema mental tuviera más alternativas. Desde un punto de vista físico e intelectual, no creo poder buscar más caminos; sólo me quedar entrar a investigar el mundo espiritual, del que me siento tan ajena y tan atraída a la vez. Quizá si pudiera volver la vista hacia mi alma, en el caso de tener una, pudiera buscar la salida a este laberinto.
Me pregunto con qué ojos hay que mirar o qué lentes hay que ponerse.
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14 de enero de 2008
Al ataque del freezer
Ya estoy planeando mi expedición rescate de congelados a la otra punta del planeta. Décadas atrás, cuando aun existía el romanticismo viajero y se organizaba una travesía de esta envergadura, se necesitaban brazos fuertes, un buen barco, sogas, brújulas, hechizos, comida seca, patas de conejo y mucha pero mucho agua dulce. Ahora, y según National Geographic, sólo es necesario introducir tus datos en las casillas correspondientes y enviar un depósito de $500 para reservar tu espacio en la expedición. Si Magallanes hubiera sabido que era tan fácil, seguro que esperaba unos años para darse la vuelta al mundo.
La cuestión es que con la clínica pasa lo mismo: mándeme el depósito y los retira usted cuando quiera por ventanilla. Los vuelos están tan caros que estoy a punto de pedirles que me los manden a vuelta de correo. De todas formas, hemos decidido que viajaría sola, básicamente porque el hecho es que la incubadora portátil debo ser necesariamente yo (y no es una frase feminista ni quiero dejar plantada mi postura filosófica, sino que es una cuestión de diseño físico), y porque es difícil estar todo el tiempo de “vacaciones” y seguir manteniendo el trabajo. Que yo aún lo conserve es un milagro.
La opción mas barata que he visto hasta ahora incluye viajar en avión charter (puajjj, diría Mafalda) de Martinair, hacer escala en Holanda y dormir allí una noche en el vuelo de ida. Mientras yo entro rápidamente en Google para ver hoteles en Amsterdam, recuerdo una ciudad de gente joven, con sus canales, sus casas altas, gente circulando en bicicleta y muchos puestos de venta de tulipanes. Mientras yo miro distraídamente mi jardín y pienso en lo hermosos que quedarían unos bulbos rojos, ahora que viene la primavera, escucho una voz atrás que dice “¡Yo también quiero ir a la Zona Roja!”. Lo importante es tener claro las prioridades, nada de ir a visitar la casa de Ana Frank o el Museo Van Gogh, el tipo (no digo nombres, pero empieza con O) nunca pisó Amsterdam pero sabe que si algún día va, quiere ir primero a la Zona Roja. Hombres...
Seguiremos mirando ofertas y veremos que pasa. Mientras tanto, me ocupo en poner mi cuerpo a punto para recibir a mis huéspedes, con comida sana, vitaminas, tés, caminatas, masajes uterinos, acupuntura, meditación y otras hierbas. O. se ríe y, mientras yo masajeo entusiastamente mi panza con una mezcla de aceite de castor, alcohol y alcanfor, me dice: “mi amor, con vos, siempre hay alguna cosa rara…”
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9 de enero de 2008
Sobrevivimos las fiestas

Todavía no saqué el árbol de Navidad y ya está empezando a emitir un ligero tufo que no se parece al del pino sino más bien al de un trapo húmedo enrollado y escondido detrás de la puerta desde hace una semana. En mi casa, además de comprar un pino natural cada año y de pasarme más de cuatro horas de orgulloso esfuerzo en su decoración (O. dice que el nuestro es el árbol mas lindo que conoce; acá están las fotos para que vean que no miente), seguimos la tradición argentino-europea de tirar el árbol después de Reyes y como este año cayó en domingo, no me queda más que aguantar su olor y los trescientos millones de agujas verdes que deja caer cada día, hasta el próximo fin de semana, hacia donde quedan relegadas las tareas extraordinarias (definidas como aquellas que no son comer, dormir, bañarse y trabajar).

No dejan de causarme gracia las continuas defensas de los Reyes Magos que andan últimamente por Internet y la verdad es que me caen mejor que el gordo, pero debo reconocer que están perdiendo terreno. Es que contra la maquinaria de Hollywood no hay quien pueda. En Argentina, como somos tan políticamente correctos, recibimos a los cuatro con los brazos abiertos, aunque sospecho que más que por simpatía o tradición, lo hacemos por puro y capitalista interés. Aunque tengas cinco años, nadie es tan tonto como para cerrar la mano y volverle la espalda a cualquier ente que venga cargado con bolsas de juguetes, así se llame Terminator.
En otra de mis tradiciones navideñas, me compré un calendario para el escritorio, de esos que quedan abiertos en forma de triángulo y que te muestran un día a la vez, para que no te empaches. Casi todos los años opto por Mafalda, un clásico; pero este año, imbuida tal vez por los aires de Cambio que tienen en su plataforma TODOS los candidatos presidenciales de este país (si Cambio fuera un postulante, ganaría por varios cuerpos; seguido de Esperanza), pensé que “Yo, Matías”, “Clemente” o algún otro, podría alegrarme las mañanas. Resultó que el kiosquero sólo tenía Mafalda y Maitena.
- ¿Y quién es Maitena? – dije yo, inocentemente
- ¿Maitena? ¡Es muy buena! Es famosa y tiene un libro publicado. – respondió ofendido el kioskero, como si de su hermana se tratara e intentando adivinar dónde había estado yo viviendo en los últimos años, para ostentar tamaña falta de conocimientos.
- Famosa y con libro… - susurré, pasando la mano por encima del plástico que envolvía el calendario, como intentando adivinar su contenido por ósmosis y pensando que esas dos palabras no son, usualmente, ningún indicativo de calidad. Al fin y al cabo, Paris Hilton es famosa y mucho pelagato ha escrito libros.
Estaba en el aeropuerto y no tenía más opción. O. me apuraba. Maitena o Mafalda. Elegí Maitena. Me equivoqué.
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4 de enero de 2008
Las fiestas en verano

Con algún kilo extra, regresamos ayer a la oficina y a un inesperado frío miamense de cuatro grados centígrados.
No sé que manía nos ha dado en Argentina por respetar las tradiciones navideñas de nuestros antepasados europeos, y servir, con cuarenta grados de calor a la sombra, lechón frío con ensalada rusa, arrollado de palmitos y matambre de pollo. De entrada. Para abrir el apetito. Luego, asado y parrillada completa, con budín de pan, papas con perejil y treinta y cuatro clases de ensaladas, especialidad de cada comensal, quienes insisten en “llevar algo para la cena”, incluyendo esa que la tía Chola hace todos los años de zanahoria y manzana, aunque todos le huyan como a la peste. Y por si quedó un poco de hambre, luego vienen la ensalada de frutas (con sidra y trescientas toneladas de azúcar), los turrones, mantecol, maníes con chocolate, garrapiñadas, nueces, almendras y el nunca olvidado pan dulce o “panettone”, parte de nuestra herencia italiana. Ni alquilando un estómago prestado por el día, somos capaces de terminar la comida y no queda más remedio que volver al día siguiente con los mismos platos y bandejas de plástico, a terminar el festín, ya recalentado y con los bordes secos.
Y como si en el juicio final nos fueran a juzgar por la abundancia generada al final de cada año, empezamos a destapar botellas desde que llega el primer invitado; como cortesía y para refrescarlo del acaloramiento de traer puesto los zapatos de vestir y venir arrastrando a sus niños, ataviados de domingo y abrazando una cantidad de explosivos y fuegos artificiales suficiente como para volar la Casa Rosada. Y basta descorchar el primer tinto para que aparezcan las sucesivas y, a veces, coexistentes, botellas de Torrontés, Pinot Noir, champagne, clericó, sangría, fresita, vinos espumantes, dulces, secos, brut, rosados, de moda y de tapa de rosca.
El asunto es que cuando te vas a levantar para brindar, se te duplican los comensales y el brindis se extiende más de la cuenta porque, inexplicablemente, chocar una copa con otra no es tarea tan fácil como se suponía.
Me pregunto si todo el hemisferio sur tendrá costumbres similares, en lugar de limitarse a un pollo con ensalada, como nuestra bikini ordena, o si estas tradiciones serán solo parte de nuestra acostumbrada exageración argentina.
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21 de diciembre de 2007
¡Bienvenido 2008!

Ya le mandé mi carta habitual al gordito, a ver si este año se digna traerme algo más que un pan dulce (y no me refiero al lente Nikon 1.8 50mm, que ya le pedí a mi marido).
Nos vamos a pasar las fiestas con nuestra familia y amigos, porque estamos convencidos que el cariño tiene cualidades sanadoras; así que nos veremos después de entrado ya el nuevo año.
Quiero desearles mucha paz; pero no la paz mundial que, si bien hace falta, siempre resulta algo ajena, sino esa paz de corazón, la que trae una sonrisa de satisfacción y nos acuna el alma. Con hijos, sin hijos, al final y como dice el Dalai Lama, todos buscamos ser felices. Identificar el camino, el tren que nos lleve o la estación correcta, pareciera ser lo difícil y sin embargo, esta fórmula sencilla pudiera tener la clave:
“…en términos generales, uno empieza por identificar aquellos factores que conducen a la felicidad y los que conducen al sufrimiento. Una vez hecho eso, es necesario eliminar gradualmente los factores que llevan al sufrimiento mediante el cultivo de los que llevan a la felicidad. Ese es el camino.”
Evidentemente, mil quinientos años de austera meditación, practicada en sucesivas reencarnaciones, deben tener algún tipo de impacto a la hora de aplicar dicha receta, y ser un líder espiritual debe también facilitar un poco el asunto, pero puesto así y mirándolo bien, el que no es feliz, es porque no quiere.
Así que ése es mi deseo para todos, en este nuevo año: que encontremos el camino a la felicidad. No digo que la alcancemos, pero que al menos sepamos o no si estamos en el camino correcto. Debo reconocer que una gran parte del tiempo estoy segura de estar en la senda apropiada, pero de vez en cuando me resbalo, caigo en algunas veredas con baches y me desoriento. Pido al nuevo año la sabiduría para reconocer que estoy caminando hacia donde debiera, pido que me conserve el amor de O. y mantenga la habilidad de mi cuerpo para enfrentar a los años.
Pidan amigas y amigos, que las palabras escritas parecen más reales.
Que por pedir no quede…
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20 de diciembre de 2007
Las fiestas son para corazones fuertes
O. es mi espina dorsal; es quien me mantiene derecha cuando se me entumecen los sentidos. De todas formas, el pobre hombre, a veces, debe pensar que estoy lista para atar al árbol, como si mi apellido fuera Buendía.
La infertilidad es para mí, usualmente, una forma de vida, un mundo paralelo a ese otro, fértil, en el que vive el resto de la gente. Yo vivo relativamente tranquila en mi burbuja y camino mirando, de vez en cuando, de lado, viendo cómo les va a los otros. Debo reconocer que la vida del otro lado tampoco parece fácil; por un problema que yo tengo, otros tienen quinientos y como la vida no es una carrera de competencia sino de obstáculos, cada uno carga con sus miedos y sus inseguridades.
Mis momentos de crisis se producen cuando, por alguna razón, ambos mundos se cruzan; cuando me veo obligada a salir de mi burbuja para rodearme de padres, hijos, fiestas familiares, vacaciones de colegio y todos esos conceptos, extraños a mi piel. O. no puede creer que, repentinamente y por asistir a una mera cena navideña, me haya agarrado un ataque de envidia, tan extraño a mi carácter. Y yo intento explicarle que no es envidia, es un duro recordatorio de lo que no tengo y tanto anhelo. Si me sacan de mi burbuja de oxigeno y me tiran de pronto al agua, salvo que desarrolle cualidades anfibias a la velocidad de la luz, lo más probable es que las convulsiones me lleven a la más mísera asfixia.
- Pero tenés que enfocarte en lo que tenés, no en lo que te falta
- Yo veo todo, lo que tengo y lo que no tengo. Lo que tengo me pone contenta, lo que no, me pone triste.
- Pero no te podés poner triste por eso
- Sí, puedo, mirá como lloro.
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18 de diciembre de 2007
No hay que subestimar los beneficios de la ira
“No te des por vencido, ni aun vencido,
No te sientas esclavo, ni aun esclavo;
Trémulo de pavor, piénsate bravo,
Y acomete feroz, ya malherido.”
Algunos indicios para saber si una lleva algo de rabia acumulada:
- tener una marcada inclinación por las palabras profanas, en los casos en que dicha tendencia no es parte del comportamiento habitual;
- tener intensos deseos de eliminar a todas las embarazadas que pululan por los lugares públicos, comenzando con las que van cruzando la calle, enfrente del propio auto, cuando el semáforo esta en rojo;
- tocar bocina y hacer gestos con la mano al resto de los conductores, cuando los mismos no se comportan de la forma que una estima apropiada;
- hacer comentarios en blogs algo subidos de tono, de manera insensible a las emociones del autor;
- responder un email de una amiga que tuvo la feliz idea de utilizar un cliché, de la siguiente manera: “No me hables de Dios, que con ése estoy peleada hace tiempo. Seguro que se está cagando de risa allá arriba.”
Reconozco que la indignación y el enfado tienen un efecto más energizante que la depresión y opto por recibirla con los brazos abiertos. Cierto es que quizá sea una energía un tanto negativa pero ¿quién se pone exquisito en momentos como éstos?
Ya habrá tiempo para ponerse más galantes. Por el momento, ¿quién se anima a jugarme una pulseada?
“¡Que muerda y vocifere vengadora,
Ya rodando en el polvo tu cabeza.”
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13 de diciembre de 2007
Estuvimos tan cerca…
Parece que es imposible sacar callos en el alma para amortiguar este tipo de cachiporrazos. Cada vez duele igual que la primera. Sólo me consuelan los brazos de O. y su voz susurrándome al oído: “nosotros podemos pasar todo esto, porque somos fuertes y nos queremos mucho”.
El doc catalogó este suceso como embarazo químico pero en cierto modo, y como dijeron en los comentarios, siento que estuvimos tan cerca… Lo que más rabia me da es la falta de imaginación que tiene la vida últimamente. Todo se ha vuelto rutinario y predecible; cada tratamiento es igual que el anterior y hasta los médicos parecen sacar los guiones de los mismos escritores. No soy de las que buscan cuentos de hadas y más bien prefiero una buena taza de chocolate en la tierra que un festín en el cielo, pero me gustaría, algún día, dar vuelta a la esquina y sorprenderme. Quisiera saber si los milagros existen y si es cierto que se puede vencer al Destino, quien por cierto sigue desarmado de risa en suelo.
Estoy pensando en serio en comenzar de una vez a escribir un libro con toda esta historia. Necesito un proyecto para recuperar la ilusión. Por otra parte, ¿quién quiere leer un libro sin final feliz?
Cada uno la lucha como puede. O. va a jugar a la Lotto este fin de semana porque parece haber unos veintipico millones de premio. Según el, sacarse el premio mayor le parece muchísimo mas fácil que lograr un embarazo, así que quien te dice que no terminemos millonarios, con una casa gigante, mayordomo y cuatro gatos siameses, haciendo FIVs hasta la menopausia. En fin, solo nos salva el humor negro…
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11 de diciembre de 2007
Se acabó
Beta del día de la fecha: <2.
Gracias a todos por estar ahí, escuchando mis quejidos. Gracias por prestarme el optimismo que yo ya no tengo.
Estoy algo mareada. Me voy a acostar.
10 de diciembre de 2007
Lo más probable es quién sabe…
Fragmento de la conversación telefónica con la enfermera:
- Tengo los resultados de tu beta.
- Aha…
- Es positivo pero muy bajo
- ¿Cuán bajo?
- 13
- ¿TRECE?? ¿Uno-tres??
- Sí, tienes que volver a hacerte otro análisis de sangre
Merde. Merde. Merde.
Google me contesta rápidamente con algunas historias de esperanza que comenzaron con betas bajas pero el Miedo se está haciendo un festín. Yo sé que lo que importa es que se vaya duplicando, pero trece me suena peligrosamente bajo. Imágenes de ectópicos, sacos embrionarios vacíos y otras películas similares, pasan delante de mis ojos mientras trato de mantener la compostura.
Después de hablar con O., corro al consultorio médico a hacerme otro análisis. Mientras la enfermera me acribillaba ambos brazos para sacarme un chorro de sangre, el doc, que cruzaba rápidamente por el pasillo se paró, me tomó la mano y me dijo “no te preocupes, esto es muy reciente; el número no significa nada, lo que importa es que vaya creciendo. Vamos a darle algo de tiempo.” Debo reconocer que sus palabras me sentaron como una taza de chocolate caliente en un día de frío.
Mañana veremos de nuevo que número sale en la lotería. ¿Será posible que no pueda tener siquiera una mínima oportunidad de ser normal?
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9 de diciembre de 2007
Aun no hay humo blanco
No soy capaz de explicar lo bien que me hace leer esos comments en estos momentos. Parece increible tener a todas tan cerca en este mundo virtual. Hasta a O. se le humedecieron los ojos mientras las leia... Es un tierno. Gladiadores eran los de antes.
No puedo menos que ponerlas al dia pero la verdad es que no hay muchas novedades. La linea sigue muy tenue y no habra mas remedio que esperar al lunes. Pense que la espera seria mas facil pero debo reconocer que en algunos momentos del dia, hay que hacer esfuerzo para respirar profundo.
Estoy extenuada y no se debe al embarazo sino a la progesterona que O. me tiene que inyectar cada dia. Una buena excusa para dormir la siesta en este domingo sin sol...
7 de diciembre de 2007
11dp3dt
El titulo de este post no es el codigo de barras de las acelgas que compre anoche. En el sub-mundo de la infertilidad, por sus siglas en ingles, eso significa 11 dias despues de una transferencia de 3 dias (11-days-post-3-day-transfer). Y ahi es donde estoy hoy.
Dia de la Santa Beta.
Las mujeres tratamos a los endocrinologos especialistas en infertilidad como a los peluqueros o a los dentistas. Asi como no podemos ir a nuestro estilista de siempre con los reflejos hechos por otro, tampoco tenemos el coraje de ir a pedir una beta con embriones ajenos. Es un tema de cortesia profesional. Con lo cual, solo me queda ir a mi ginecologo, quien no tiene ningun sentimiento de competencia con un doc sudafricano que se dedica a criar embriones; a el ya le vienen armados.
Todo muy bien excepto por un detalle. Los ginecologos no tienen el sentido de urgencia que tenemos las infertiles ya que para las conejas, un dia mas o menos no tiene ninguna relevancia en el devenir de sus vidas y en el avance de un embarazo de nueve meses. La Beta es un tramite rutinario y casi burocratico que confirma sus ya seguras sospechas de embarazo y parto. Las infertiles medimos el tiempo como los corredores de formula uno: en fracciones de segundo. Por lo que el problema se plantea asi: mi ginecologo solo me puede dar los resultados del analisis de sangre a las 24hs., y como no trabajan el fin de semana, hay que esperar hasta el lunes. El LUNES!!!! Merde. Merde. Merde.
Es que no tienen un minimo sentido de compasion los muy hdp??
Hoy me desperte a las cinco de la mañana con unas incontenibles ganas de ir al baño y no encontré mejor lugar para orinar que encima de un test de embarazo. El resultado es inconcluso. No tengo mucha experiencia en rayas dobles ya que nunca he visto una, pero pareciera que quiza, tal vez, existe una ligera sombra de lo que podria ser una segunda linea. Tambien puede ser el fruto de mi jugosa imaginación. En mi defensa, debo añadir que O. tambien la vio. Pero claro, el es parte interesada y por lo tanto no esta cualificado como testigo.
En fin, les dejo un par de fotos para que saquen sus propias conclusiones. La camara es buena pero creo que no capta lineas imaginarias…
(Nota: el dia de hoy corren vientos moderados que arrastraron todos los acentos de mi escrito)
5 de diciembre de 2007
El que espera, desespera
Si bien tengo un cierto apremio por estar embrazada, como todo el mundo ya sospecha, no estoy absolutamente interesada en parecerlo. Sin embargo, esa es una de las desgracias que hay que soportar durante la maravillosa beta-espera. Caminar despacio, no levantar peso, no tomar vino, hablar bajito y tocarse las tetas cada cinco segundos para ver si están hinchadas.
La verdad que, como ha dicho la mayoría en la encuesta, lo mejor es trabajar y olvidarse de todo. Sobre todo, cuando una se encuentra a su regreso con setecientos cincuenta emails sin contestar. Sin embargo, como dice mi sabio padre, “el miedo es libre; cada cual tiene el que quiere” y yo parezco querer tener bastante últimamente. Mi corazón está ansioso y late apurado; y por más que lo froto con esponja de acero, no logro sacar las adherencias, cicatrices y nubes que lo recubren, fruto de anteriores tratamientos.
Yo sé que todo el mundo me desea lo mejor; también yo lo deseo. Pero también se que lo mejor, a veces, no sucede. Y lo mas trágico es que, independientemente del resultado final, la vida nunca más volverá a ser como antes, cuando no había visto el vacío, ni el dolor, ni el desamparo; mi corazón ya nunca volverá a ser rosado y brillante sino que por el resto de sus días no podrá hacer otra cosa que seguir arrastrando sus parches y sus lastimeras soldaduras.
Y eso es lo que, en mi pueblo, también se llama nostalgia.
(Nota: Por lo pronto, y para dar un toque de color al post, les dejo a la izquierda algunas fotos que acabamos de traer. Si ponen el cursor arriba, pueden ampliar la foto, retroceder o parar el show)
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28 de noviembre de 2007
Todo va bien
Ciudad del Cabo se esta transformando en una de mis ciudades favoritas. Buenas playas, ambiente cosmopolita, excelentes vinos, menus sofisticados, montanas, naturaleza... que mas se puede pedir? El otro dia le dije a O. "yo podria vivir aca".
Ya terminaron las visitas a la clinica, estoy en mi tercer dia de incubadora con dos preciosos embriones que hace dos dias tenian ocho celulas; al dia de hoy, quien sabe. Me quedaron cuatro mas en el congelador; le dijimos al doc que volveriamos por el hermanito para el mundial de futbol.
Ayer fue mi cumpleanos, y aunque estuve en cama hasta la noche, fue un dia muy especial. O. se levanto temprano y con el pretexto de ir a comprar algo, me trajo un hermoso ramo de rosas multicolores que aun tengo sobre mi mesita del hotel, despues me trajo torta y turron (le habia echado el ojo unos dias antes). Comimos entre risas, besos y leyendo los mensajes de familia y amigos en mi Blackberry.
Hoy comenzare a levantarme a ratos y a partir de manana vida normal, segun el doc. (Risas por detras del telon; y mas risas). Como si algo hubiera de "normal" en todo este circo de medicos y en necesitar un ejercito de especialistas para lograr que un bendito embrion se quede pegado donde debe. Eso si, si quedo embarazada, voy a poder asegurar que mi hijo fue "sin pecado concebido"...
15 de noviembre de 2007
Me ausento unos días, pero por una buena causa
Hay algunas razones que me podrían hacer pensar que este tratamiento no puede ser diferente a los otros. Y sin embargo, estoy tranquila. Tampoco puedo caer, bochornosamente, en el pecado de arrogancia y simplicidad en que caen las inexpertas, diciendo que “esta vez seguro que va a funcionar”, que “tengo el presentimiento que ahora si se nos va a dar”, que “los signos y los planetas se están alineando para que me embarace” o que “si me pongo el calzón al revés, doy tres vueltas en círculo en sentido contrario al reloj, me quedo sin respirar diez minutos y la luna llena aparece detrás de las nubes, entonces todo va a andar bien.” Eso es para principiantes y a mí hace rato que me colgaron el cartel de “pro”, muy a pesar de mis apetencias.
Miro al pasado sin arrepentimientos y al futuro sin impertinencia. Si alguna migaja de petulancia adolescente y argentina me quedaba, la infertilidad se encargó de quitármela de un sopapo. No me queda nada de orgullo, de impaciencia, de vanidad ni de inocencia; y ello, paradójicamente, me hace más libre. No estoy atada a los caprichos de mi voluntad y mis deseos, ni me dejo llevar por la férrea decisión de cumplir mis sueños a rajatabla, aún sabiendo que remar contra corriente nunca le trajo nada bueno a nadie; y si no, que se lo pregunten a los salmones. Ya comprendí que al Destino no le importa lo que quiera ni lo que merezca. Por mi parte, cumplo con colgar un cartel de mi útero, justo arriba del endometrio, que diga “Implantarse aquí” para dar un poco de sentido de dirección a algún embrión despistado.
Creo que por primera vez, me dejo ir con la corriente. Ya remé, tomé impulso y ahora me encuentro sentada arriba del barco, tomada de la mano de O., mirando el gorgoteo del agua y las lagartijas de la orilla. No sé dónde acaba el río pero me quedé sin remos y sólo me queda tirarme panza arriba y ver pasar las nubes. Después de todo, el día sigue estando soleado y acá sentadita, oliendo el perfume de los jazmines bajo el abrazo de O., tampoco se está tan mal.
PD: Dejo este blog por unos días. Si me es posible, mandaré alguna señal de humo desde Ciudad del Cabo y a la vuelta, seguimos con nuestras historias de cada día.
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9 de noviembre de 2007
¿Quién se quiere llamar Yosemattifa?
Cuando estábamos haciendo nuestro primer FIV en Argentina, hace más de una vida, compré un libro que listaba nombres de hombre y de mujer y que debo tener aún por ahí tirado, detrás de algún estante polvoriento. Me gustaba leerlo, cerrar los ojos e imaginarme si ése era o no el nombre de mi hijo. Pobre ilusa aquella que una vez fui; quien pensaba que la medicina y mi buena suerte todo lo podían. De todas formas y aun después de tantos años de infertilidad, seguimos jugando con nombres, en nuestros ratos libres. Por alguna razón desconocida, tenemos más opciones de hembra que de varón y con el pasar del tiempo, hemos ido descartando algunos y reviviendo a otros como “Julia”, “Sofía”, “Gabriela”, “Maximiliano” o “Valeria”.
Parece que este juego inofensivo esta a punto de ser restringido por Chávez, en Venezuela, a juzgar por su último impulso de ley, que limitará, de ser aprobado, los nombres de recién nacidos a una lista de cien.
En un país donde con frecuencia hay que pedirle a quien te da la mano que te repita su nombre, la idea no es de las más descabelladas que he oído en Venezuela. Pedirle a un hijo que soporte durante toda su vida nombres tales como John Kennedy, Hiroshima o Usnavy va mucho más allá de cualquier deber filial de obediencia. En Argentina, y salvo que las cosas hayan cambiado mucho en mi ausencia, se consagra la libertad de elección del nombre pero se imponen ciertas restricciones, que evitan que el nombre sea malsonante, ridículo o contrario a las costumbres, frente a las cuales nadie se rasga las vestiduras.
En un almuerzo distendido que tuve con dos abogados de Caracas, ambos no cesaron de comentar jocosamente las últimas ocurrencias del primer mandatario y con tono de preocupación, el contenido de la pretendida reforma a la constitución, en la cual no es sorpresa que Chávez apunta a un modelo socialista y totalitario, donde se crea, además de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial ya existentes, el Poder Popular; se elimina la autonomía del Banco Central; se eliminan los “latifundios”; se dan facultades extraordinarias al presidente que incluyen la eliminación del derecho a la información y a la debida defensa en caso de necesidad y se permite la reelección indefinida del mismo. Con tono de horror y sorna hablaron sobre el rumor de proyecto de ley, por el cual la patria potestad de todo niño mayor a tres años pasaría al estado venezolano; rumor que nadie ha confirmado a la fecha y que probablemente sea sólo el fruto de una imaginación asustada.
Cuando saqué el tema de la famosa lista de los cien nombres, ambos se silenciaron sobre el arroz con mariscos y uno de ellos dijo, revoleando lentamente un camaron con el tenedor, “bueno, esa sí es una buena idea…”. Y se largaron a contar cómo la hija de una amiga fue bautizada con una combinación del nombre de sus cuatro tías (palabra que recuerdo como “Yomalauni” o sonido similar) o de cómo alguna gente opta por utilizar sus propios nombres pero deletreados de forma inversa; por ejemplo, si el padre se llama Angel, la hija se llama “Legna” o si la madre se llama Yolanda, la hija se llama “Adnaloy”.
De ahí a “Toro Sentado” o “Gata Maullando al Sureste”, sólo queda un paso. No habrá nada de eso penado en la Convención de los Derechos del Niño?
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5 de noviembre de 2007
Parece que no me muero, después de todo
Y resultó que finalmente no me voy a morir. Por el momento. Aún tengo que pasar por trescientos cincuenta y cinco tratamientos médicos más, antes de verlo a San Pedro, incluyendo lavaje de intestinos, cirugía estética (no porque la necesite, obviamente) e implante de cabello (con el que estoy perdiendo con las inyecciones hormonales, ya estoy pidiendo presupuestos). No sea que por mí, vaya a entrar en recesión la economía del país, ya que es bien sabido que cuando los médicos ganan poco, dejan de comprar yates, mansiones en la playa, Ferraris y nos estancamos todos. Es una gran responsabilidad tener sobre los hombros el mantenimiento del sistema de salud mundial.
La radióloga que miró mi pecho a través del ecógrafo dijo que “qué lástima que no están acá mis estudiantes, porque lo que veo en la pantalla es de libro de texto”. No sé si eso es un piropo en el extraño lenguaje de hospital pero al menos me confirmó que no hay aneurisma. Y no me voy a morir. O tal vez sí, pero sólo si me agarra una de esas manifestaciones estudiantiles que hay ahora en Caracas y que ví hoy al llegar a mi hotel. Creo que no quieren la reforma a la constitución. O están a favor de la propiedad privada. O no les alcanza la leche. O se quejan porque nunca clasifican para el mundial de fútbol; no sé exactamente, pero se ven bien enojados.
Aún no tengo los resultados del análisis de sangre de la dos-dedos pero si logró sacarme algo, un día de éstos les cuento por dónde anda mi colesterol. Mientras tanto, llegaron la colorada y los remedios casi al mismo tiempo así que ahora sí, entramos en la cuenta regresiva.
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