¿Vieron como las madres tienden a hablar en tercera persona, como los futbolistas?
- "Venga con mamá"
- "Maradona no tiene que justificarse"
- "A veer... una sonrisita para mamá"
- "Riquelme no está en venta"
- "¿Dónde está esa manito, que mamá no la encuentra?"
Se me ocurre que es una manera de diluir responsabilidades. "Ah! no lo digo yo, lo dice mamá" (o Maradona). En este mundo, donde una de las cosas que se destaca es la falta de ganas de la gente por hacerse cargo de las consecuencias de sus actos, somos las madres las que primero permeamos ese concepto en la educación temprana. Es eso, o que el cerebro se nos va con las primeras papillas.
Y no lo digo yo, lo dice Dana.
3 de noviembre de 2009
¿Qué tiene en común una madre y un futbolista?
2 de noviembre de 2009
23 de octubre de 2009
Morfeo se pelea con mi niño

¿Vieron como a algunos niños hay que hacerles todo un show para que coman? Hay que decirles que la cuchara es un avión y que va a aterrizar en la boca, mientras la madre hace toda una bajada en picada de la supuesta aeronave y hace sonidos con su boca que quieren asemejar a un motor descangayado. Maxi se opone totalmente a tal despliegue histriónico. La primera vez que lo intentó Sabrina, su niñera, casi le muerde la mano. Salvó los dedos porque Maxi aún no tiene dientes. El gordito piensa que si hay que hacer un avión, que sea un bombardero: rápido, eficiente y que descarga con facilidad.
Le encanta comer y, pasada la fruncida de ceño de rigor, el día que introduzco una verdura nueva, quiere comer lo más rápidamente posible. Entre Sabrina y yo le hacemos todas las comidas caseras, básicamente verduras orgánicas hervidas al vapor (para que conserven todos los nutrientes) y luego trituradas sin piedad. Hasta ahora, no nos ha rechazado nada, lo que claramente indica que sale a su madre y no a su padre.
Pero no quería hablar de comidas sino de dormidas. A Maxi siempre le ha costado dormirse y tiene el sueño tan ligero que, aunque a veces se duerma con rapidez, se despierta al poco rato, inquieto y pataleando. En eso sale, definitivamente, al padre. He dormido siempre a mi hijo en brazos. La teoría de libro dice que el niño debe ponerse en la cuna adormilado pero despierto, cosa que nunca he sido capaz de hacer, ni siquiera de recién nacido. En el momento en que, con los ojos cerrados y su radar supersónico, detecta que te querés desprender de él, comienza a llorar como gorrino camino al matadero. Y hay que volverlo a levantar, hamacar y esperar una oportunidad más propicia, por ejemplo, las próximas elecciones presidenciales. A veces llora incluso en brazos, creo que para no dormirse o para avisarte que sabe de tus intenciones. Al final se va calmando y, tarde o temprano, termina cerrando los ojos. Una vez dormido profundo, no despierta en, por lo menos, ocho o nueve horas.
La Academia Americana de Pediatría dice que hay que dejarlo llorar para que se acostumbre a dormir por sí mismo; lo mismo dicen los simpatizantes de Ferber. Yo me opongo vehementemente, no sólo pienso que no es sano para la salud mental de los niños sino porque creo que es anti-natural: el instinto te lleva a calmar a tu cría que está sufriendo, así como el instinto del cachorro busca los brazos de su madre. ¿Cómo sabe Maxi si adentro de la cuna, allí, solo e indefenso, no hay un tigre trepado y listo para manducárselo? Además, lo he tenido que dejar llorar cuando le han puesto suero, le han succionado la nariz o cuando le ponen las vacunas, ¿lo voy a dejar llorar también todas las noches? En algún momento, Maxi va a pensar “¡pero mirá la tarada que me tocó para cuidarme!”. Nada, nada, el niño duerme en mis brazos o en los de su padre; que bastante sangre, sudor y lágrimas derramamos nosotros para llegar hasta acá.
Sin embargo, me pregunto como puedo hacer para que el momento de irse a dormir le sea más placentero. Tengo dos libros muy buenos, siendo el mejor de ellos, el de Elizabeth Pantley “No Cry Sleep Solution” (Solución para Dormir Sin Llanto) pero, hasta ahora, nada funciona y el niño va casi cada noche y casi cada siesta llorando, hacia la tortura inimaginable de su cuna. Probé creando una rutina diaria (baño, masaje, comida, libro), adelantando horarios, poniendo música, bajando las luces, poniendo sonido de latidos del corazón, dándole su juguete favorito. Sólo me falta echarle un trago de whisky a la mamadera.
Digo yo que, en el peor de los casos, cuando tenga quince dejará de llorar para ir a dormir, ¿no?
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7 de octubre de 2009
La papilla tuvo éxito
1 de octubre de 2009
En esta vida, hay que pelear por todo…
En mi escala de momentos divertidos se encuentran, de mayor a menor:
- una obra de Les Luthiers
- un día en el Reino Mágico de Disney
- el Fantasma de la Opera, cantado por Michael Crawford
- una partida al Scrabbel
- ver un partido de fútbol
- pasar un par de horas transpirando en el gimnasio
- sacarme sangre
- hacerme un tratamiento de conducto
- tener a mi hijo internado con gripe y bronquiolitis
Nunca dejaré de agradecer a la medicina moderna todo lo que nos ha dado pero, sin que sea nada personal contra ella, quisiera que, de una vez, nos soltara un poco las riendas y nos dejara vivir sin médicos, enfermeras, remedios, agujas y mascarillas. Aunque sea unos, digamos, veinticinco años, por lo menos.
El primer día de internación en el Miami Children’s Hospital fue una pesadilla; empezando por la sala de emergencia, donde lo atendieron muy bien y le diagnosticaron gripe A, pero donde pasamos gran parte de la noche paseando de la sala de rayos-x a la sala de enfermería, donde Maxi se vio acosado con agujas, succionador de mocos y nebulizaciones repetidas, mientras yo lloraba como una tarada y recordaba mis días en neonatal. Si no hubiera estado O., me lo hubiera llevado de vuelta a casa, no sin antes dejar algún ojo morado en la clínica. Cuando, por fin, Maxi se logró calmar, con una respiración regular y un sueño reparador, llegó la hora de hospitalizarlo y la única habitación disponible tenía otros dos ocupantes apestados. Horror de los horrores: más gérmenes y más ruidos para los oídos sensibles de mi niño. O. bufaba y rechinaba los dientes pero nada se podía hacer en el Poderoso Mundo de las Enfermeras, donde nada se escapa a su soberano control. Yo trataba de calmarme y calmarlo, sabiendo que poco podíamos cambiar acerca de la situación, y menos, a las cuatro de la matina. Al fin y al cabo, Maxi dormía pacíficamente, y eso era lo importante.
Nos tocó en suerte una enfermera con un grado alto de imbecilidad, que llegó dos horas tarde a su primera nebulización (después de dos llamadas mías; la última de ellas, un tanto encendida), no hizo ninguna succión y cuando hacía acto de su digna presencia, me respondía con monosílabos o con algún comentario sarcástico. A media tarde, se me terminaron de hinchar mis mofletes y, ante la mirada risueña de O., tomé una hoja de papel y empecé a hacer una lista detallada de errores, malentendidos, sarcasmos y otras de las hierbas similares que había tenido que ingerir desde que llegamos a la clínica. Pedí hablar con la pediatra de guardia y, ante su mirada atónita (pensó que la llamaba para hablar de la salud de Maxi), le dije que no sabía para qué estábamos en el hospital, ya que en casa lo podíamos hacer mejor que la panda de incompetentes que nos había tocado. Luego, sin prisa, sin pausa y con la voz algo mas temblorosa de lo que hubiera querido, a causa de la rabia, tomé el papel y le empecé a recitar la retahíla de quejas. Cuando acabé, la doc miró hacia abajo, me pidió disculpas y dijo que haría lo posible por mejorar la situación; empezando por sacar a Maxi de esa habitación compartida. No sé si fue compasión o el pánico legal que le inspiró mi hojita escrita, pero dos horas más tarde, estábamos instalados en una semi-suite enorme, silenciosa, con una cama decente para mí y baño privado; los horarios se empezaron a respetar a rajatabla y apareció el encanto de Beatriz, en reemplazo de La Bruja, quien ayudó a Maxi a respirar mejor y a mí a respirar de alivio.
Ufa, ¡cómo cansa la ineficiencia ajena!
Maxi actualmente bien, con sólo un poco de tos y en casa, siendo ampliamente malcriado por su niñera...
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11 de septiembre de 2009
Breve disgresión legal
Ignorantia iuris non excusat. La ignorancia de la ley no exime su cumplimiento. O dicho de otro modo, una vez que una ley entra en vigor, es obligatoria para todos y nadie puede excusar su cumplimiento, amparándose en la ignorancia de lo prescrito por la norma.
Claro, eso era fácil para Moisés y su gente: diez mandamientos, derechito y al grano. “No matar”. “No levantar falso testimonio ni mentir”. Hasta el más gil del pueblo podía entender premisas tan simples. Se trataba de una constitución en versión twitter. ¿Qué hacemos ahora con la caterva de leyes, decretos, resoluciones, normas, comunicados, memos, estatutos, códigos, ordenanzas, constituciones, reglamentos, edictos, proclamas, dictámenes y directrices que nos regulan? Entiendo que si la eficacia de la norma se dejara en manos del arbitrio individual, tendríamos caos social; pero asumir que cada mañana nos desayunamos todos, legos, frailes y leguleyos, con la última publicación del boletín oficial es basar el orden en premisas del País de las Maravillas.
Si el desconocimiento no puede ser alegado, ¿podría el error constituir el elemento productor de una imposibilidad jurídica? En lo imposible, no hay obligación, decía el paisano…
PD: Perdón por el paréntesis en mi blog maternal pero esta bitácora es como mi vida, tengo todos los roles revueltos.
PD2: Maximiliano bien, gracias pero aún con algo de tos.
31 de agosto de 2009
Empiezo a entender a los superhéroes
Llamada de la guardería, a las dos de la tarde.
- “No sé que le pasa a Maximiliano; está molesto, llora, se queja, pero no parece que le duela nada... ¿Quieres venir a verlo?”
- “OK, Berta, salgo para allá”
Salgo de la oficina, estaciono en la guardería, me quito el blazer, el celular, me descalzo y entro. Me pongo gel de alcohol y levanto en brazos a un Maxi quejosito y mimoso. Me siento en el suelo a darle de comer mientras le hablo, para calmarlo. Se comió sus seis onzas de fórmula en mis brazos, lo envolví y, aunque no se durmió, quedó acurrucado y tranquilo en su camita. Nunca sabremos que tenía.
Voy al baño, me quito las manchas de leche que los eructos de mi hijo dejaron en mis pantalones. Me subo al auto y vuelvo a la oficina. Me voy poniendo el blazer por el pasillo del estacionamiento. Hace como trescientos grados de calor húmedo y pastoso. Empiezo a transpirar. Voy acomodando los cuellos y puños de mi camisa en el ascensor. Arreglo el pelo y maquillaje. Entro a la oficina con paso tranquilo, como si hubiera bajado, simplemente, a tomar un café.
Esta doble vida me esta matando. Me siento Batman.
PD: sigo sintiendo reparos a poner fotos de mi hijo en Internet. Les dejo una pieza del rompecabezas: los expresivos ojos de Maxi… 
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