Como es habitual, los comentarios que me dejan siempre me hacen pensar. Gracias.
Mi respuesta a la pregunta número 2 es exceso de Miedo.
Pero eso no basta; necesito conocer a mi enemigo, si quiero combatirlo. Miedo a lo desconocido no es suficiente, es demasiado genérico; pero pedirle el documento de identidad a los Miedos no es tarea fácil. A ver si logro pensar en voz alta con algún tipo de coherencia. Permítanme la honestidad de hablar acerca del lado oscuro de mi corazón sin tener miedo a morir apedreada.
Curiosamente, el miedo a la maternidad (“¿me querrá?”, “¿podré entenderlo?”, “¿sabré poner límites?””) que algunas de ustedes mencionaron, no está en mi lista. Y no porque crea que voy a ser la réplica de Caroline Ingalls sino porque son miedos lejanos. Es como gastarse el premio de la lotería, antes de comprar el boleto. Además, son miedos comunes con la maternidad biológica y como dice siempre mi padre, “si tantos tontos lo hacen, ¿por qué no lo voy a poder hacer yo?”
Me da miedo el tema de salud; los factores hereditarios que una nunca alcanzará a conocer hasta tener el problema delante de las narices. En casa, una sabe, poco más o menos, con lo que se enfrenta o con lo que le puede llover. Si el chico aprende a jugar al póker por dinero a los diez años o frunce la nariz frente a la comida recalentada, sale al padre. Si está en el cuadro de honor del colegio a los cinco años, es que sale, obviamente, a la madre. Sé que nunca hay garantías de nada, pero aceptar tantas incógnitas me crea ansiedad.
No me asusta la falta de amor. Estoy convencida de poder querer a un niño; a cualquier niño. Bueno, casi cualquiera… (tengo dos o tres en mente, con los cuales tendría que hacer un esfuerzo). Pero me pregunto si ese tipo de amor es el mismo que el que una madre tiene por su hijo y que comienza desde el día en que sale la doble rayita en el pipitest. El “bonding” del que hablaba Majito. ¿Puedo amar a mi hijo sabiendo que viene en camino desde un útero ajeno, aún antes de conocerlo? ¿Puedo estar convencida de que ése es MI hijo; y que sólo por razones del destino, vino a parar a mis brazos después del parto?
Otro factor que me eriza los pelos de la nuca es que la adopción, a diferencia del parto, viene de una historia de dolor, que se lleva de por vida, aunque tenga un final feliz. La historia de infortunios de la madre biológica, las adversidades que la llevan a abandonar a su hijo; mi dolor a la pérdida de la conexión genética y mi escasa habilidad de llevar a cabo una de las funciones que, si bien no me define como mujer, es inherente al género; el dolor del hijo rechazado al nacer. Sé que el sufrimiento y la pérdida son parte de la condición humana pero habiendo pasado por tanto dolor, durante tanto tiempo, me pregunto cuánto más de la misma dosis estoy dispuesta a tolerar.
Y eso me lleva a la Madre de todos los Miedos (que nadie mencionó, por lo que debe ser un fantasma de mi alma egocéntrica): la idea de tener un hijo “compartido”. En este país, las adopciones tienden a ser cada día mas abiertas. Los potenciales padres adoptantes tienen que competir entre sí para ganarse los favores de la madre biológica, quien normalmente elige con quien dejar a su hijo. Los lazos no terminan en el nacimiento y dicen quienes saben, que una relación adulta y armoniosa entre las tres partes involucradas, resulta en beneficio de la criatura. Me parece fantástico en los libros de psicología infantil, pero me pregunto diez veces por día si no seré yo quien termine en el diván. Sé que pareciera una reacción infantil pero si mi hijo siente que tiene dos madres, ¿cómo hago para levantarle el dedo índice y decirle “te lo digo yo, que soy tu madre”?
No tengo las respuestas todavía y los cabos siguen sueltos. Si bien pudiera pensarse que esta alternativa es la más práctica, a esta altura de las circunstancias, el corazón es más que una lista de pros y contras. La búsqueda, sin embargo, con paciencia y sin presiones, no es la parte más desagradable de este camino…
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4 de junio de 2008
Oda a los Miedos
30 de mayo de 2008
Coqueteando con la adopción
O. me conquistó hace como veinte años con su seguridad y sus preciosos ojos azules, de pestañas largas. Yo a él con mi risa y mis piernas largas. Cosa que, en perspectiva, resulta a todas luces injusta ya que, con los años él sigue teniendo sus mismos ojos y a mí las minifaldas ya no me sientan como anillo al dedo...
Sin embargo, y ya hablé antes del tema, mi mayor problema con la adopción no es la imposibilidad de perpetuar la carga hereditaria. Una pareja de amigos madrileños adoptaron a una preciosa niña china hace alrededor de un año. Se quedaron en casa unos días; hablamos del tema. A su partida me dediqué a bucear dentro de mi corazón para ver de dónde viene esa reacción involuntaria de rechazo. Como siempre, en este camino de la infertilidad, estamos obligadas a buscar respuestas sin cesar, a elegir, a razonar cada paso, a luchar con y contra los instintos. Nada viene por inercia. La indolencia nos deja en blanco; sólo avanzamos con esfuerzo consciente y calculado. De acuerdo que eso nos enriquece como personas, aunque hubiera agradecido lecciones algo mas económicas.
Y acá van las conclusiones de esta filósofa en alpargatas. Creo que el primer motor en la vida de una persona es el Amor. Y no lo digo en un sentido romántico y sensiblero, adjetivos de los que no soy muy cercana. Es simplemente que el Amor o la falta de él nos afecta profundamente desde el momento que tomamos la primera respiración en este mundo. No digo nada nuevo; cualquier médico o psicólogo puede decir lo mismo. Un enfermo apreciado se recupera más rápido que uno abandonado; un niño querido aprende más rápido que uno olvidado.
El segundo motor que va definiendo nuestros pasos creo que es el Miedo. El Miedo, o la falta de él, es quien nos dice para que lado debemos mirar o que piedras necesitamos esquivar. El miedo físico es primario y fácilmente detectable: palpitaciones, adrenalina y confusión generalizada. El miedo del corazón… ese es más tramposo. El miedo a no ser amados, a ser viejos, a ser pobres, a morir, a no ser aceptado o a fracasar se suele esconder entre los dobleces del alma y sólo se da a conocer en contadas ocasiones. Si una no está muy atenta, se nos disfraza de apatía, de cáncer, de migrañas o de insomnio y lo perdemos de vista. A veces se nos acerca en sueños pero todos sabemos la ligera consistencia con que están tejidas nuestras noches y poco provecho sacamos de nuestros simbólicos encuentros con el subconsciente. Y sin embargo, es sabido que los Miedos mueren con la luz del día, así que un esfuerzo consciente por sacarlos de las tinieblas es definitivamente sano y enriquecedor.
Así que me hice dos preguntas a mí misma:
Pregunta No. 1: “Mí Misma, ¿es preferible vivir un matrimonio feliz sin hijos o adoptar?”. La respuesta no se hizo dudar: depende.
Pregunta No. 2: “Mí Misma, ¿de qué depende: de falta de Amor o exceso de Miedo?” (pregunta de la que deriva, en su caso, la siguiente: “¿Miedo a qué?”)
Y dejo la pregunta picando en el área de gol para quien se atreva a darle una patada. Mi opinión en breve.
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27 de mayo de 2008
Y la cosa venía tranquila
Parecían unos días tranquilos, máxime cuando uno de los dos (y no soy yo) tenía un resfrío cargado de estornudos, capaces de arrancar de cuajo la copa de nuestras palmeras. Pero hoy me despierto con que twitter sigue sin funcionar, una familia de zorros ha decidido fundar su hogar y comenzar una nueva vida debajo del “deck” de nuestro jardín y una pequeña princesa sigue grave en la unidad de cuidados intensivos.
Acerca de twitter no se puede hacer nada más que esperar; acerca de Melanie, sé que la página está en inglés, así que les cuento un resumen. Su madre, Elisa, fue parte de nuestro foro de infertilidad cuando estaban buscando a la tercera niña, Angel, que nació el año pasado. Melanie nació perfecta y hermosa hasta que, unas horas más tarde, una bacteria destrozó sus pulmones; ha vivido todos sus siete años de vida con problemas respiratorios, internada durante demasiadas horas de su vida y sin poder jugar con otros niños ni ir a la escuela, ya que no puede estar expuesta a virus. En fin, el que puede donar algo, que done; al que no puede, le agradecería una oración o un pensamiento positivo hacia ella y su familia. Yo estoy tratando de hacer algo para cumplir uno de sus sueños pero es algo más difícil de lo que esperaba; si el tema avanza, ya les contaré.
Sobre los zorros, lo único digno de destacarse es que, no sólo no pagan alquiler sino que además son los vecinos más ruidosos que tenemos. O. se despierta con los aullidos de los cachorros durante la noche (yo no me despierto ni con un elefante) y alguien de su familia tiene excavada una autopista entre mi casa y la de mis vecinos. Si por lo menos posaran para mi cámara…
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23 de mayo de 2008
El valor de un buen consejo
Todos sabemos lo odiosos que son los consejos no solicitados y cómo la gente disfruta de darlos, más por satisfacción personal que por beneficio ajeno. Sin embargo, las que andamos por Internet también sabemos apreciar los buenos oficios de San Google y de muchos foros o blogs que nos llegan con la palabra justa, en el momento adecuado. Como ya he dicho antes, en este camino he aprendido mucho, pero la mayor parte de esas enseñanzas son tan útiles en esta vida, como saber deshojar una margarita. No creo que me diga San Pedro, el día que le vea la cara, “la verdad que no suelo dar cartas de recomendación, pero con la mano que tenés para poner agujas y la paciencia que tenés con los médicos, te mereces medalla de honor y 2 años menos de purgatorio”.
Sin embargo, hay algunas palabras que me hicieron bien, otras que me ayudaron a centrarme y algunas más que hubiera deseado tener en algún momento de este camino y nunca tuve. Muchas mujeres me escriben e-mails pidiendo consejo y yo, a veces, me debato entre ser totalmente honesta o echar un balde de pintura rosa a mis, a veces, agrios comentarios. Obviamente, opto por lo primero porque no sé cómo hablar con flores y debe ser que la sinceridad está bastante bien cotizada últimamente porque sino, no se explica una como me vuelven a escribir (y sin insultarme).
Para alguien que recién comienza este duro camino le diría que es vital rodearse de un buen equipo de apoyo médico (el mejor especialista en reproducción que puedan, un andrólogo, un hematólogo, un buen laboratorio); que no hablen del tema con aquellos que pueden reprobar sus actos y que nunca pero nunca, descuiden a su pareja empós del sueño maternal. Cada uno lleva el dolor a su modo, pero el sufrimiento es común, el proyecto es de los dos y nadie en el mundo los va a entender y aceptar como lo hacen ellos.
Sin embargo, el mejor consejo que puedo dar a aquellas que pasan por los “años negros”, los de desesperanza perpetua y primeras frustraciones, es que, hagan lo que hagan, sepan que todo va a pasar. Aunque no se vea. Aunque no se crea. Y ya que todo tiene su ritmo, incluso el dolor, y que esos tiempos son distintos de los nuestros, lo menos que podemos hacer es intentar una sonrisa. Aunque sea forzada. La infertilidad, igual que, supongo, todas las enfermedades, son invasivas. Te imponen horas, fechas, tiempos de espera; te inundan de medicamentos, te llevan los médicos a la cama; te hacen sentarte en las posiciones más inesperadas; te hacen tener frío en los hospitales y dormirte a la fuerza en los quirófanos; te empujan, te retienen, te reprimen, te angustian. Y aun, a pesar de todo eso y quizá por eso mismo, es necesario dejar todo a un lado y continuar siendo feliz. Aunque sea tan difícil de ignorar como un elefante pintado de verde y sentado al lado del camino, agitando una bandera roja, es necesario secarse las lágrimas, servirse una generosa copa de Torrontez y sentarse en un buen sillón, mirando el atardecer en buena compañia. Porque la vida es corta. Y no se repite.
¿Cuál es el mejor consejo que pueden pasar, de todas aquellas lecciones aprendidas con la puta infertilidad?
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19 de mayo de 2008
Dejarse llevar
Unos amigos nuestros, que estaban de novios en la universidad al mismo tiempo que O. y yo, acaban de cumplir quince años de casados. O. suele flagelarse a sí mismo cuando piensa en todo el tiempo que, según el, perdimos, habiéndonos casado hace sólo siete años. A mí es un tema que no me quita el sueño porque hace mucho tiempo aprendí que la Vida tiene una entidad propia y bien diferenciada de nuestros deseos. Tampoco pierde oportunidad la Vida para dejarnos saber quién es la que manda. Con suerte, a veces, caminamos en paralelo y si los planetas se ponen en línea, hasta nos agarramos de la mano y nos tiramos besitos cariñosos; pero la mayor parte del tiempo luchamos en contramano o nos dejamos llevar, sólo para evitar la fatiga.
Yo me dejé llevar durante muchos años porque sinceramente me daba igual ir para un lado que para otro. Ni el norte tenia un especial atractivo ni el sur me esperaba con los brazos abiertos; tanto me daba dar vueltas para la derecha como para la izquierda, si al final siempre terminaba en el mismo sitio. Y es bastante fácil vivir así, sin expectativas, sin miedo a las sorpresas y con la casa a cuestas como el caracol. Solitario, tal vez, pero escasamente complicado.
En el año 1990 me fui a Madrid a estudiar y cuando acabé no tenía muy claro para donde tenía que ir. Recuerdo que unos meses antes de la graduación, fui a pasar unos días con mi Tía La Monja en la hermosa ciudad de Santander, en la agreste costa norte de España. Su mejor amiga, una monja vasca muy divertida y con energía suficiente para arrastrar ella sola el seminario donde trabajaban, trataba de sumarme a sus filas. Me decía, en un perfecto discurso comercial, “somos una multinacional, te transfieren con frecuencia y tenemos sucursal en Argentina”. Pobre mujer, estaba tirando flores a los cerdos y no se daba por enterada.
Y sin embargo, ahora que sé lo que quiero, tengo la impresión de que no paro de luchar. “Lo encontrarás, cuando menos lo busques” era una de las frases manidas de mi madre cuando yo buscaba algo perdido por la casa. No sé como hacer para no buscar. ¿No tendré suerte y me dará amnesia?
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16 de mayo de 2008
Viernes Negro
13 de mayo de 2008
El Acido Fólico y la Mutación Genética
¿No es un nombre genial para un grupo musical?
En mis últimos estudios hematológicos, parece que con mis altos anticuerpos anticardiolipinas se encontraba mi baja homocisteína, oculta detrás de un sombrero. Como de costumbre, para algunos médicos, este hecho tiene la misma importancia que un estornudo; para otros, si va de la mano de otros trastornos sanguíneos, puede ser la madre de todos los problemas. Entre ellos, esta mi nuevo doc de California, con quien tuve el gusto de tener ayer mi primera consulta telefónica. Después de ver mi extenso expediente y de sorprenderse por el curriculum internacional de mis tratamientos, me dijo que había sido adecuadamente tratada y evaluada hasta la fecha, por lo que no pensaba hacer muchos cambios a mi protocolo. Sin embargo, comenzó a hablarme de la malvada homocisteína y sus vínculos ilícitos con el MTHFR (una mutación genética), el ácido fólico, los coágulos, las vitaminas B y me perdió por el camino, mientras frenéticamente trataba de anotar cada palabra como estudiante aplicada.
San Google sacó chispas en el día de ayer, y hasta me registré en un foro de MTHFR pero si bien la hiperhomocisteinemia parece ser causal de abortos frecuentes, poco y nada encontré sobre baja homocisteína. Los valores normales son de 5 a 12 y yo parezco tener 3. Receta final para el éxito según el doc: hormonas, altísimas dosis de acido fólico (para la homocisteína /MTHFR), Prednisone (otro juguete nuevo y misterioso) y Lovenox (Clexane) para los anticuerpos anticardiolipinas. Una pila de agujas para entrenarse un rato.
Altos niveles de homocisteína imposibilitan los embarazos, los complican o los extinguen. Este tipo de análisis no son rutinarios y una los descubre de casualidad, después de torturar el cerebro de los médicos para que saquen a relucir los más floridos métodos experimentales; millones de personas tendrán, por ejemplo, ataques cardíacos porque sus médicos miden el colesterol pero no la homocisteína, y nunca sabrán la causa. Lo cual confirma mi teoría de que la infertilidad sigue siendo una enfermedad aunque una no tenga diagnóstico. Algún día, en algún momento de la historia, una teoría se convertirá en ley o crecerán los microscopios y nos lloverán las respuestas. Quizá sea algo tarde para mí, pero lo que nos separa de la solución al problema no es mala voluntad ni falta de relajación, sino pura y simple ignorancia. La ciencia llega hasta donde puede y, si bien hoy sabemos mucho más de lo que conocíamos hace diez años, tenemos la mitad de los conocimientos médicos que tendremos en diez años más.
Por lo pronto, tengo profundos conocimientos científicos relacionados al sistema reproductivo que no sé para qué cuernos me sirven…
PD: una lata de cerveza contiene el diez por ciento del ácido fólico recomendado (en especial para nosotras, las deficientes en homocisteína) por día. Si me tomo diez cervezas por día, ¡soluciono el problema!
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8 de mayo de 2008
Ejercicio para el corazón
Mientras venía para la oficina, empezaron a pasar a los Bee Gees en la radio. No pude evitar sonreir y empezar a cantar “How Deep is Your Love” a todo pulmón desafinado (mi auto es mi burbuja privada y ahí no me tengo que preocupar por los demás).
Así me pasa con casi toda la música de finales de los setenta y ochenta. Conozco las canciones de memoria porque pasé horas cantándolas con amigas, copiando las letras para pasárselas a alguien o simplemente escuchándolas en mi “grabador” (el “walkman” vino más tarde). Algunas de las que leen este blog sabrán de qué hablo. Escucharlas ahora es recordar muchas cosas de mi adolescencia: los intercambios de ropa con mis amigas el día antes de ir a bailar, los paseos en bicicleta, los lentos, los veranos en la playa, los pantalones de raso color bronce, los recitales de Almendra, las escapadas del colegio para tomar sol antes de la fiesta de graduación y tantos muchos recuerdos. Están todos como atados de un hilo; si tiro de uno, vienen los otros detrás.
Tuve una hermosa infancia, una muy divertida adolescencia y en cuanto dedico un segundo a pensar en ello, me lleno de gratitud. En primer lugar, hacia mis padres, quienes, aún al día de hoy, son mi punto de partida; el hierro que nunca se mueve, aunque lo demás se desdibuje. Pero también hacia mis amigos, compañeros de colegio, padres de mis amigos (gracias, Basilio, ¡guárdenos un lugarcito allá arriba para cuando nos toque!), profesores; hacia la Vida y hacia el Repartidor de Suertes.
Así que hoy decidí poner por escrito todas aquellas dichas que me rodean. Para que nunca me olvide, para que nunca me sienta una víctima y para que, como decían el otro día, no sólo me defina por lo que me falta, sino también por todo aquello de lo que tan agradecida estoy.
- Estoy sana, camino, río y respiro sin dificultad alguna. Puedo sentir el sol por las mañanas, caminar descalza en el jardín y bailar frente al espejo durante horas.
- Comparto mi cama y mis días con la persona que más quiero en el mundo.
- Algunos amigos estuvieron en mi vida y pasaron de largo; como el puesto de garrapiñadas, que se va moviendo de una esquina a la otra. Otros siguen firmes, a pesar de los viajes, los huracanes y mis malhumores. Agradezco a todos.
- Tengo unos padres que se quieren y me quieren. Una hermana que siempre está cerca. Esa pequeña familia es la que dió los primeros pasos para que creciera en lo que ahora soy.
- Tengo una orquídea florecida desde hace un mes.
- Vivo en una ciudad que tiene unos trescientos días de sol al año y un mar de aguas templadas.
- Tengo un trabajo tranquilo, bien pagado; donde se me escucha y respeta.
- Tengo una Nikon D200 y un collar de perlas que me llega hasta el ombligo.
- Escribo en un blog donde me acompaña gente maravillosa, con coraje y compasión.
¿Qué cosas tienen para agradecer?
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6 de mayo de 2008
Y el ganador es…
Cuando era chica y veía películas del oeste, siempre me preguntaba como duraban tanto las peleas. Trompada en la mandíbula, caída abrupta en el suelo del saloon y el tipo se levantaba para que le dieran otra. Ahora tengo una idea algo más clara de cómo hacía el vaquero para levantarse y seguir peleando. Nada como la vida para aclararte las dudas.
Así que nosotros nos pusimos las botas de punta, el sombrero de cuero, las pistolas al cinto y salimos de nuevo a pedir cotizaciones en clínicas de fertilidad. Nuevamente uso el plural mayestático, dado que en realidad, la que anda revoleando opciones en Google, foros, e-mails, blogs y teléfono como desquiciada, soy yo. O. es como mi jefe: le gusta mantenerse informado pero no necesita más que un resumen ejecutivo. Hay un dicho en inglés que dice “el diablo está en los detalles” y ahí me regodeo yo con alborozo.
En esta ronda, y sabiendo que quedan pocas, me cuelgo de las estadísticas. No me importa como las clínicas lleguen a ellas, si tienen que rechazar pacientes o recitar un mantra con cada ultrasonido, siempre y cuando me muestren los números más altos de éxito. Y en el recuento cayeron varias alternativas por el camino; entre ellas, la de ir a Buenos Aires, ya que en Argentina no hay un organismo oficial que regule la información estadística de las clínicas y me cuesta mucho fiarme de las campañas publicitarias.
Las tres finalistas se desparraman por la costa oeste del país, lejano pero muy bello, Oregon, Colorado y California. Me gustan los aires del Pacífico, las montañas y ¡Hollywood! También consideré hasta último momento Cornell, en New York, pero finalmente optamos por irnos a California, específicamente a San Diego. Desayunaremos con Clint Eastwood
veremos atardecer juntando caracoles en el mar
y escucharemos a los Beach Boys 
mientras paseamos con nuestra tabla de surf.
Si no puedo prever cuando llegará mi hijo, por lo menos le pongo entusiasmo a la organización de mis vacaciones…
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1 de mayo de 2008
Si estoy de malhumor, será por las pastillas
Hace unos días, alguien que me quiere me preguntó, preocupada, si todas las medicaciones que me inyecto no tendrán efectos secundarios perjudiciales en el largo plazo. Mi primera reacción fue instintiva: defender mi Puregon a capa y espada. En mi mente, bebé equivale a tratamiento y todo aquello que se interponga, debe morir indefectiblemente. Nunca había pensado mucho el tema, pero me largué con una retahíla de excusas como “los médicos dicen que no”, “al fin y al cabo, no son más que hormonas”, “mi cuerpo se recupera rápido”.
Después me quedé pensando y descubrí que la verdadera respuesta es que me importa tres pepinos si tienen o no efectos secundarios; si en unos años me quedo pelada, me haré un implante y si me quedo bizca, me hago presidente. ¿Acaso le importa a la mujer embarazada tener riesgo de varices, diabetes, coágulos, trombosis, desprendimiento de placenta, anemia, pre-eclampsia, incluso complicación en el parto o muerte? ¿Por qué entonces me habría de importar a mí, en estado de pre-embarazo, las consecuencias de la aplicación de progesterona en aceite o estradiol empastillado?
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29 de abril de 2008
Estoy empalagada de médicos
Algunos me preguntan cómo estoy. Estoy empezando a hartarme de médicos, negativos y betas. O. seguiría haciendo tratamientos hasta que se encontrara con San Pedro y le dijera “tranquilo, bobby, tranquilo”, con música de Juan Luis Guerra (*). Y no tiene nada que ver con que las inyecciones me las pongo yo, porque una aguja más o menos me importa tres pepinos. Es un tema emocional, holístico y de hastío generalizado.
Hay días en que mi nivel de irritación con el tema es tan grande, que la propia idea de tener hijos me fastidia. Sé que es el cuento de la Zorra y las Uvas de nuevo, pero es sabido que cada cual cuenta la fiesta según le va en ella.
Por otra parte, está el tema monetario. Entiendo cuando O. me dice que somos muy afortunados de poder pagar cada tratamiento y si bien es cierto, también lo es que para hacerlo, debemos ser frugales en otros temas y no ahorrar ni un puto maravedí. Hace años el tema del ahorro era un concepto extraño y limitado a ser escuchado en boca de gente de la edad de mis padres; pasé un par de décadas maravillosas gastando todo lo que ganaba en moda; en recorrer la mitad del mundo; cenar en restaurantes famosos o haciendo cursos de danza. Habiendo llegado a la mitad de mi vida, declaro sin pudor que, si voy a ser una vieja sin hijos, quiero ser una vieja con plata. Nada me horroriza mas que la imagen de una anciana Dana, con las raíces del pelo blancas, los zapatos pelados en la punta y la ropa con bolillitas, haciendo cola para cobrar la jubilación. Prefiero verme del brazo de O. con un pareo blanco, una piña colada en la mano y como diría Serrat “la boca abierta al calor, como lagartos / medio ocultos tras un sombrero de esparto”…
Así que, hijos míos, la ventana de oportunidad para llegar a este mundo a través de nuestro hogar, esta próxima a cerrarse. Quien dice cercana, dice tal vez, un año. Entiendo que quizá la idea de aguantar regularmente a una madre organizadora y un padre perfeccionista no sea la más atrayente, pero creo que, comparados con madre borracha y/o padre terrorista, salimos ganando. O no; ya no entiendo muy bien el orden de prioridades que tiene la vida.
(*) “El Niágara en Bicicleta”
PD: gracias a Beetle por tan bonito post.
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25 de abril de 2008
The Juror (última parte)
Finalmente, nos hicieron entrar a la sala donde nos esperaba la jueza, el inculpado y los abogados de las partes. El lugar era parecido a como se ve en las películas, pero bastante más pequeño de lo que imaginaba. La jueza en lo alto del estrado; del lado izquierdo se encontraban el abogado del acusado y el propio acusado, vestido con camisa hawaiana de color verde loro; y un poco mas adelante, los abogados del estado (fiscales). A nosotros nos acomodaron en fila en las sillas del jurado, mientras la jueza nos daba la bienvenida. Nos explicó minuciosamente, pero sin pausa, los detalles del supuesto delito de intento de robo (el fulano, aparentemente, había empezado a sacarle los tornillos a la ventana de una casa hasta que lo cachó la policía) y prosiguió con una explicación detallada del procedimiento penal. Volaban palabras y definiciones técnicas, como “duda razonable”, “elementos del delito”, “presunción de inocencia” y yo veía como las caras en blanco de la mayoría de los supuestos jurados denotaba que se habían quedado en el aire, unas veinte paginas atrás. Para matar el aburrimiento, intentaba recordar los apellidos de mis profesores de derecho penal y procesal, pero la memoria me quedaba tan en blanco como el rostro de mis compañeros de banco. Merde. ¿Serán los años?
Con el sonido de la voz de la jueza como cortina musical, miraba con atención al acusado y a los abogados. Y pensaba que quien opina que la belleza no abre puertas y consigue mas rápidamente sus objetivos, miente como cochino o se engaña a sí mismo. Mientras que el acusado, con su cabeza rapada y su gesto sombrío, bajo pero fornido, asustaba hasta a su propio abogado (quien, por otra parte, lucia un traje barato que le colgaba de atrás); los abogados del estado parecían modelos. El letrado líder tenía un asombroso parecido a Dylan McDermott (“The Practice”) y ella era una rubia de más de un metro ochenta, que me hacía acordar a Nikita. Como en las películas los buenos son siempre los lindos, yo ya había sentenciado al morrudo en la primera mirada. Y esa es una de las razones por las cuales, los cristianos de a pie no debemos nunca involucrarnos cuando están de por medio la vida o la libertad de las personas.
Eramos treinta despistados y solo debían quedar siete, así que comenzó el interrogatorio de ambos abogados para descubrir que había detrás de nuestras miradas confusas. O al menos, decantarse por los menos desconcertados o simplemente, los que tenían más resistencia al sueño. Era un concurso de belleza en el que nadie quería ser reina. El juicio se pensaba extender por tres días más, así que los potenciales jurados hacían lo posible por quedar descalificados en el proceso; “yo no entiendo inglés”, “me duele la pata izquierda”, “soy diabética”, “mi religión me lo prohíbe”, “no tengo trabajo”. Los abogados preguntaban sobre la credibilidad de la policía, las veces que habíamos sido víctimas de delitos, la función de los testigos, la factibilidad de diferenciar hechos de opiniones o prueba directa de prueba circunstancial.
Cuando yo les dije que respetaba a la policía de este país y que tenía un buen concepto de ella (un respeto cercano al temor, pero no hay que entrar tampoco en detalles), me saqué de encima al abogado de la defensa, que se retorció en su silla como si le hubieran dado calambres. Cuando el abogado del estado preguntó si pensábamos que estábamos perdiendo el tiempo y si creíamos que los juicios no debieran tener jurados, como en Europa, levanté la mano con gusto. Estoy convencida que un delito no puede ser juzgado por sentido común, que era lo que nos estaban pidiendo. Para empezar, hay gente que no tiene ninguno; hay otros que tienen conceptos diferentes del mismo y lo que es peor, el sentido común nos lleva, muchas veces, a conclusiones erróneas, como pensar que el horizonte es una línea recta. A eso le añadimos que los abogados tardan años en estudiar, dominar e interpretar conceptos complejos como “duda razonable”; es, por lo tanto, a todas luces inconcebible que se pretenda que un lego aprenda a dominar esos conceptos en apenas treinta minutos de charla, a última hora de un día cansado y aburrido. Para rematar, los jurados son normalmente impresionables, ya que están fuera de su elemento natural y ninguno de nosotros puede tener la suficiente experiencia para poder juzgar el carácter de un testigo, saber si miente, si esconde, si exagera; excepto siendo juez o psicólogo. Se lo dije en una versión más resumida, pero creo que ese fue el golpe de gracia para quitarme de encima a ambos abogados e incluso hasta la jueza, quien me miraba con el ceño fruncido.
Nos hicieron salir al terminar el interrogatorio, mientras los abogados se tiraban de las greñas para elegir los mejores candidatos para su equipo. A nuestro regreso a la sala, la jueza se limitó a nombrar rápidamente a los siete elegidos y los demás fuimos despachados con un agradecimiento. Miré hacia atrás mientras salía y ví cómo se iban acomodando los flamantes jurados. Todos serios, cansados; entre ellos, un niño de dieciocho años que aún no había votado nunca, ni tenía carnet de conducir ni, por ley, está autorizado a tomarse una simple cerveza. Me dió pena el morrudo y pensé que nunca quisiera estar sentada en el banco de los acusados.
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The Juror (parte I)
Demi Moore se veía fantástica en aquella película “The Juror” de hace unos años pero la realidad es bastante menos hollywoodesca y, la verdad, que por más que miré, a Alec Baldwin no lo ví por ningún lado.
Todo ciudadano de los Estados Unidos, mayor de 18 años, tiene la obligación de ser jurado, cuando así se lo requiera la justicia. Eso no quiere decir que la gente dé saltos de alegría cuando le llega la citación, sino que más bien, llega a tribunales pateando piedritas de descontento y frustración. No solo hay que aguantar la pesada espera sino que, además, la tarea requiere una inversión inicial no reembolsable de los gastos de estacionamiento y comidas. Yo no era la excepción y ahí llegue, con la almohada pegada a mi cachete, a la hora intempestiva de las ocho de la madrugada, a pasar las estrictas medidas de seguridad del edificio (dígase de un morocho medio dormido, diciéndole piropos a la chica de la limpieza; mirando para cualquier lado, menos al monitor del escáner).
Seríamos algo más de cien personas sentadas en una sala de espera engalanada en el mismo estilo deprimente que usan los decoradores de edificios públicos alrededor del mundo. Paredes grises, sillas con asientos rosas y auténtico olor a humedad. Varios televisores y un pequeño barcito se empeñaban en entretenernos, pero yo me calcé mi Ipod, saqué mi novela y me acomodé lo mejor posible para amainar la espera. Cada cierto tiempo, entraba un oficial del juzgado a llevarse veinte o treinta personas, a las que asignaba un juez y una sala. Desparecían y nunca más los volvíamos a ver; era como el cuento de los diez indiecitos. A las cuatro de la tarde, hartura mediante, quedábamos pocos; nos mirábamos las caras ya con cierto aire de complicidad, mirando el reloj y pensando alegremente que el destino nos había saltado en el conteo. Minutos más tarde, un oficial del cuarto piso vino a buscar treinta personas y allí estaba yo, número uno.
La bajada al cuarto piso, donde se ventilan casos penales, fue un cambio de aire interesante. Las paredes seguían siendo grises y la alfombra rosada (que manía con el rosa) pero la gente era variopinta y multicolor. Delante de mí, en el medio del pasillo, suspiraba nervioso un hombre de unos cuarenta años, quien, en un intento por parecer respetable (imagino que ante el juez), se había revestido de traje negro con rayas blancas, el que, sumado a la gomina y la colita; la cadena de oro en el pecho y la chiva diminuta en forma de “U” que le rodeaba la mandíbula, le daba un aspecto de “padrino” caribeño. Estaba rodeado de hombres que lo abrazaban y con los que se apretaban ruidosamente las manos. El conjunto lucía de colores verdes, corbatas con flamencos, oro, zapatos puntudos, chivitas multiformes y ese moreno que nada tiene que ver con el color original de la piel sino con el exceso de sol, de una vida al aire libre.
(continuará...)
22 de abril de 2008
Un fin de semana en paz

No puedo creer que tenemos este lugar a cuarenta minutos de casa y nunca vamos. ¡Y es gratis!
El domingo lo dedicamos a descansar, tomar sol y disfrutar de nosotros. 
Nos vino bien para calentar el corazón y reponer fuerzas.
Sigo teniendo un aguijón clavado en el pecho y ya sé que no se va a quitar pero, por lo menos, cada día duele menos. Respiro hondo. Ommm...
18 de abril de 2008
¿Vamos a reirnos?
No me gusta llorar. La gente que me conoce sabe que a mi me gusta reir mucho y en voz alta. Tengo la risa floja y me vino en los genes, junto con las uñas largas y los dientes torcidos. Sólo lloro cuando es estrictamente necesario. Llorar es como tomar alcohol; en pequeñas dosis, puede ser relajante pero a la tercera copa de tequila quedás toda mareada y con las piernas flojas. El día siguiente es aún peor, porque te duele la cabeza, tenés los ojos hinchados y el ánimo por los suelos. Tanto más aguda es la resaca, cuanto mayor haya sido la ingesta etílica o más larga haya sido la gimoteada.
Así que hoy, mientras mi cuerpo y mi alma van juntando los pedacitos desparramados, busco la sonrisa como los niños buscan la Coca-Cola, con lujuria en los ojos e impaciencia en el corazón.
Y en ese ejercicio me encontraba, cuando me topé con esta joya: “Manual de mujeres en el cual se contienen muchas y diversas recetas muy buenas”. Según la editora, “Tratado práctico de las actividades de las mujeres de alto rango en el ámbito familiar, esta obra contiene numerosas recetas de medicina, cocina y cosmética que constituyen una sólida aportación a los estudios sobre la condición femenina en la historia, especialmente en lo que se refiere a la vida cotidiana y la imagen del cuerpo en los siglos XV y XVI.”. La abundancia de ingredientes desconocidos en la actualidad es curiosa “para una onza de solimán tomad dos ochavas de azogue”, “una cuarta de encienso, y otra de almástiga, y una balausta” y me pregunto donde comprarían estas cogotudas damas la “sangre de dragón”, necesaria como agua de rostro. Pero lo más interesante es la heterogeneidad del manual, que sirve tanto para soldar vidrio, como para curar muelas o para hacer tortas de pechugas de gallinas. Desde luego, mujeres hacendosas eran las de antes.
Por lo pronto, estoy preparando esta receta, que tanta falta me hace:
Para la flaqueza del corazón
Tomad una gallina y matadla. Y luego como la matéis, desolladla, y tiradle todo lo graso, y hacedla pedazos. Y ponedla en una alquitara de vidrio. Y poned con ella cuatro adarmes de nuez moscada, y otros cuatro de canela y de clavos y jengibre cada dos adarmes. Todas estas especias molidas. Y tapad la alquitara con masa, y ponedla al fuego. Y sacad el agua de ella hasta que se espese. Y como se espese, quitar el receptáculo. Y dad esta agua al que estuviere enfermo y sanará.
Gallina no voy a conseguir (y mucho menos la quiero ver viva, rayando mis pisos de madera con sus patas mugrientas), pero tengo un pollo desollado y despedazado en el freezer, orgánico y bien limpito, que seguro será lo mismo, ¿no?
PD: se aceptan hoy historias cómicas; serán admitidas anécdotas, cuentos de Jaimito, chistes tontos, cortos, largos, historias de Landrisina, canciones de Les Luthiers, noticias insólitas, posts irónicos, cuentos verdes, rojos, blancos. Chistes racistas y humor negro no son bienvenidos y serán castigados apropiadamente con el botón de “delete”.
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16 de abril de 2008
Mis expectativas eran bajas… hasta que vi esos hermosos embriones en la pantalla
Lloré hasta que me dolieron las pestañas; abracé a O. hasta que se me entumecieron los dedos; y sus costillas. Y la misma tarde del negativo llamé a tres clínicas. Me pregunto ahora por qué. Me pregunto si es aún el deseo perentorio de quedar embarazada o la rabieta de una estudiante a la que le fue mal en un exámen, y piensa probarles a todos que ella puede hacerlo mejor, estudiar más, ser más aplicada y sacarse un diez.
Odio al destino que me obliga a hacer cosas que detesto como llorar, ponerme inyecciones o tener paciencia.
El tiempo es traidor. No sólo nos aparece con una arruga de regalo en el momento más inesperado, sino que licua los recuerdos y amaina las emociones. Aquella garra; esa determinación de no aceptar un no por respuesta, ya no está ahí. Y es que no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. El viernes le decía a O., con la cabeza apoyada en su regazo y los ojos cerrados:
- Quiero que todo esto se acabe. Me da igual cómo, sólo quiero que se acabe de una vez.
- Pero dale… si ya tenemos otra vez un plan a seguir (haciendo referencia a las nuevas clínicas con las que hablé; pobre ángel, sabe que yo necesito siempre un “plan” para mantener el equilibrio en la vida)
El problema es que ningún plan funciona para parar el dolor. Aún si decidiéramos no hacer más tratamientos, aún queda asumir la decisión de vivir sin hijos. Dolor. O la de adoptar, cuando toda mi piel se rebela. Dolor. Visto lo visto, sigamos con los tratamientos hasta que el dolor de seguir sea mayor que el de parar. Nunca lo hubiera creído, pero cada vez estoy más cerca de ese punto.
PD: mirando mi blog hacia atrás, hace exactamente un año, un 17 de abril, recibía el negativo de mi sexto FIV; y escribía algo que hoy sigue teniendo la misma validez “Y no hay ninguna razón por la cual tengamos que estar metidos en este chiquero; ni “todas las cosas suceden por algo”, ni “será el designio de Dios”, ni “me tengo que dejar llevar por el Universo”. Estas cosas suceden porque a veces una va caminando por la calle y se encuentra un billete y otras muchas, sin darnos cuenta, pisamos mierda.”.
PD2: Casi tan horribles son esas frases como las de aquellas que, quedando embarazadas en su segunda IA, dicen “¿vieron que se puede? Tengan paciencia que a todas, al final, les llega…”. No, mi niña, algunas mujeres nunca van a tener tu suerte y la paciencia, de poco sirve.
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11 de abril de 2008
Negativo
Como siempre. Estoy tan cansada de luchar contra leones invisibles...
Al final, siempre se levanta el emperador en el coliseo, alza su brazo derecho y señala el suelo con su pulgar.
Esperaba este resultado desde ayer asi que ya llevo unas horas llorando, para adelantar tiempo. Curiosamente, y en contra de mi naturaleza, tengo mas tristeza que rabia.
Estoy muy cansada...
PD: se que tengo memes y premios dando alguna vuelta por ahi y agradezco infinitamente que se acuerden de mi, pero voy a declinar por el momento; he estado algo enfrascada ultimamente y no tengo la cabeza para pensar...
8 de abril de 2008
La ansiedad se disfraza de hambre
Tengo una pila de síntomas que creo se ajustan a un posible embarazo, aunque también puede ser Mal de Chagas o Fiebre Amarilla: sueño, dolor de cabeza, apatía, acidez estomacal, inflamación, hambre y constipación. En el fondo, la parte lógica de mi cerebro me dice que todos esos síntomas se deben a la progesterona o a las altas dosis de estrógeno con que me desayuno. La parte emocional, por otro lado, está hecha un buñuelo y prefiere no opinar.
Hoy fui a ver a mi hematólogo. Cada vez me cae mejor. Es inteligente, nunca está apurado y me escucha sin interrumpir, que es más de lo que puedo decir de la mayoría de mis interlocutores. No deja de divertirse un poco con mis historias de inyecciones, aeropuertos y médicos de distintas nacionalidades. Me sacaron sangre, entre otras cosas, para ver si el Lovenox (clexane) no me había hecho bajar los glóbulos rojos, efecto secundario frecuente de la heparina. Resulta que todos los niveles son los correctos, o sea que estoy hecha un toro. Y a la vez una vaca, a juzgar por lo que estoy comiendo. Digamos que una especie de hermafrodita de la raza vacuna. La presion arterial estaba algo baja: la máxima no llegaba a nueve, lo que clarifica el tema del sueño y el decaimiento general.
El doc me dijo que me tiene en sus oraciones y que si estoy embarazada, lo vuelva a ver en un mes. Si la BB (bendita beta) sale negativa, debo suspender la medicación y volver en dos semanas. Al salir, le dijo a la enfermera que me diera un turno para el 9 de mayo… Casi lloro por el gesto.
Antes de regresar a la oficina, estuve buscando laboratorios que me puedan dar el resultado de la beta antes de veinticuatro horas, que es lo que tarda mi ginecólogo. Tengo uno medio apalabrado, pero vamos a ver si cumple. Mis sospechas se derivan de que la gente del laboratorio se comportaba de forma algo extraña; me pidieron hablar en voz baja, pagar en efectivo, en billetes pequeños de numeración no correlativa y presentarme a las dos de la matina, sin policía. Me pregunto si me habré metido en el laboratorio correcto.
La beta será en algún momento de esta semana.
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2 de abril de 2008
Estoy en el ojo de un huracan
En Miami, una de nuestras mejores especialidades no son las playas, ni el Art Deco, ni el café cubano, sino los huracanes. Pasan poco más o menos cada veinte años pero, no solo tenemos toda una industria montada alrededor de ellos (cortinas metálicas, vidrios de alto impacto, radios a prueba de agua o linternas sin pilas), sino que cada habitante de la ciudad que lleva ya un tiempito de residencia local se va, de a poco, transformando en experto en el tema.
Las horas que anteceden la llegada de un huracán son, frecuentemente, lo contrario al viejo adagio de “la calma que precede a la tormenta”. Esta es, mas o menos, la escena: hordas de consumidores peleándose, con los ojos salidos de los cuencos, por la ultima botella de agua en el supermercado; llamadas a la compañía aseguradora, quien además de quedarse con un riñón cada año al renovar la póliza, nunca contesta el teléfono; corridas a ultimo momento a la ferretería; instalación de cortinas para huracanes en cada orificio de la casa, hasta que los dedos sangran de poner tuercas; rastreo intenso de documentos importantes, tales como el certificado de matrimonio o la receta del pato a la naranja de la abuela, para meter en bolsas impermeables; búsqueda desesperada de pilas, que siempre resultan ser del tamaño que una no necesita (en mi despensa, guardo una caja de pilas que podría alimentar, fácilmente, el generador de Itaipu, en caso de sequía); finalmente, recuento de comida, bebida, licor, niños y perros, a fin de evitar que ninguno de ellos quede fuera de la casa. Cuando comienza a llegar el huracán, una ya se puede relajar un poco.
Estoy convencida que las FIV se parecen mas a los huracanes que a las tan mentadas montanas rusas. Antes de la transferencia de embriones, todo es ajetreo; inyecciones, medicinas, ultrasonidos, médicos, análisis, ecógrafos, enfermeras, sicólogos, aprendices de brujos, obras sociales, farmacias, salas de espera, biólogos, probetas, óvulos y espermas. Cuando llega el momento mas importante, hacia el cual todo lo demás solo es una preparación, que es la transferencia de embriones, una esta tan cansada que podría dormir arriba de un clavo ardiendo.
Luego viene el centro del huracán; la calma. El huracán es un círculo concéntrico con un agujero en el medio. Las fuerzas centrifugas y ciertos cambios de presión impiden a los vientos entrar en el centro del huracán, por lo que se producen ciertas horas de paz que no pueden nunca ser confundidas con el final de la tormenta, ya que aun queda la mitad del problema por pasar. El ojo del huracán es la beta-espera. Las dos semanas de expectación son un eclipse; una habitación oscura donde nada se sabe, nada se ve y no queda más remedio que cerrar los ojos.
Finalmente, en la antesala de los nuevos vientos, llega nuevamente el doc y luego, la famosa beta, para bien o para mal, cargando su bullicio de emociones.
El mundo medico ha avanzado mucho en el tema de la infertilidad en los últimos diez años, sin embargo la implantación sigue siendo un enigma. Estoy convencida que ese es el gran reto para los próximos diez.
Dadas las condiciones actuales, aquí sigo en tinieblas, queriendo mirar para adentro pero escasa de telescopio, asi que mejor preparo la valija para irme, feliz, a casa.
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31 de marzo de 2008
Segunda fase: mision cumplida
Llegue a la clínica unos quince minutos más temprano de lo señalado y no porque suela ser puntual, sino porque me sentía enjaulada en la habitación de hotel, además de sumar muchos por-las-dudas: por las dudas que el taxi, por las dudas que el tráfico, por las dudas que la clínica.
Llegue con la vejiga llena, como es usual en estos casos, y me ofrecieron asiento. La sala de espera se comenzó a llenar. A los dos minutos, me levante a preguntarle a la recepcionista si sabia algo de mis embriones.
- El doctor le va a explicar todo cuando la llame
- Yo se, pero muero por saber si esta todo bien… - poniendo cara de lastima -
Sonrisa. Llamada al laboratorio. Que amables son los sudafricanos.
- Dicen que aun siguen trabajando en ello.
Se que puedo ser pesada; pero no era yo. Era mi paranoia. Hojeo rápido de La Nación online. A los cinco minutos, salio el doc (en persona! eso seria poco menos que un milagro en Miami) a decirme que el biólogo estaba terminando; que tuviera paciencia. Si eso es lo que me sobra, doc, pensé; ya estoy entrenada.
- Y sabe como van las cosas?
- Se ven bien – dijo con una parca sonrisa
Los minutos iban pasando y la vejiga me mandaba mensajes cada vez mas frecuentes de “y a vos que te pasa que no me llevas al baño?”. Cuarenta y cinco minutos más tarde y con la vejiga a punto de explotar, me llama el doc a su oficina. Sin hablar, da vuelta la pantalla de su computadora y allí estaban, mis tres hermosos embriones. Casi me meo de la alegria.
- Esa foto es de ahora no?
- De hace unos minutos – responde riendo.
- Sobrevivieron tres!
- En realidad, los cuatro, pero el cuarto no es viable – dijo, mostrándome en la siguiente pantalla un embrión de 4-5 células, casi absolutamente fragmentado
- Y que calidad tienen?
- Estos dos son excelentes embriones de ocho células, y este es un buen embrión de siete, algo fragmentado. Estoy muy contento con mi bióloga.
- Dígale que yo también – respondí mirando con cariño la pantalla
- Procedemos?
Vamos a la sala de transferencias, me subo contenta a la camilla y mientras me preparan, les cuento mis aventuras con las inyecciones de progesterona y de cómo decidí finalmente tomar el toro por las astas y dármelas yo, todas las mañanas. Se ríen y abriendo los ojos grandes, me dice el doc, “eso si que es… inusual”. La enfermera me pone el liquido en la panza, helado como siempre, y comienza a girar el ecógrafo sobre el, para guiar la cánula que contiene la preciada carga.
- Auuu… - solté yo, frunciendo el ceño
- Estas bien? – responde la enfermera de la voz dulce, levantando instintivamente el ecógrafo
- Si, si, es solo que estas apretando mi vejiga y no me hago responsable por los resultados…
- Hoy mi tarea aquí va a ser fácil, entonces – añade el doc riendo.
Efectivamente fue fácil. No solo por la vejiga del tamaño de un melón sino porque mis transferencias nunca son complicadas. Adentro y afuera. Ya esta. Hoy fueron unos dos minutos. Algunos segundos mas para que la bióloga confirme que la cánula estaba “clear” y labor cumplida. Veinte minutos de reposo en silencio. Rezos, mantras y visualizaciones, para cumplir con todos y no hacerle un feo a nadie.
De la clínica fui a verla a Vicky que me hizo reposar cuarenta minutos con las agujas puestas, diciendo que esta estudiado que la acupuntura aumenta las probabilidades de éxito a un sesenta por ciento. Sesenta... que hermoso suena. Ya he tenido transferencias de tres embriones antes; solo pido que, por lo menos, uno de los tres siga creciendo. Solo pido, por una vez, estar en el lado positivo de la estadística; en esa minoría que alguna vez, lo logra.
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29 de marzo de 2008
Transmitiendo desde Ciudad del Cabo
Acabo de pasar un par de horas de las tranquilas en una librería que esta cerca del hotel. Me gusta ver libros que normalmente no veo, australianos, africanos, europeos… Me gustan las librerías y el olor a libro nuevo. Habia bastante movimiento de gente; entra un hombre de unos dos metros de altura con un niño de tres años aproximadamente, sobre los hombros, firmemente agarrado de su cabello.
- papa, me puedo bajar? – decía el niño, mientras miraba hacia el suelo desde las alturas
- Mm… no se, que opinas? – contesta el padre mirando distraídamente la contratapa de un libro
- Es que me gustaría…
- Y que vas a hacer cuando estés abajo?
- No se, pero me gusta sentir el suelo
Ya vas a tener tiempo, chiquito, de poner los pies en la tierra; por lo pronto, aprovecha a ver el mundo desde arriba…
El día de ayer comenzó con la visita al doc, que quedo muy contento con mi endometrio de 8 mm. Me dio cita para la transferencia el lunes a las 10:30 AM y me dijo que antes de llegar procederían a la descongelación. Mi paranoia sobre la descongelación y yo seguimos de la mano, pero ya me estoy habituando a ella. Le pregunte al doc si tenia alguna teoría, alguna conjetura al vuelo de por que no funciono la ultima FIV y me contesto “no lo se; esto es infertilidad; algunas veces funciona y otras no”. Que porquería las cartas que me tocan siempre. Estoy en tratativas para cambiar un par de doses que tengo en la mano que recibí esta ronda, por un brillante as de espadas. Las negociaciones avanzan positivamente; creo que llegaremos a tiempo para el lunes.
Me coloque la primera inyección de progesterona en una clínica, con una enfermera que me dejo una bola en el trasero y un moretón del tamaño de una manzana. Una deliciosa, de las grandes. Mi bola y yo nos fuimos al Waterfront en un día soleado y calido, donde comí con la encantadora Tertia, una de las bloggers más famosas de Sudáfrica. Hablamos de infertilidad, de sus mellizos, de su libro y su blog. Nunca pensé ser infértil y daría cualquier cosa porque no nos hubiera tocado este camino pero ya que me toco, no dejo de admirar la cantidad de hombres y mujeres valientes que me encuentro a cada paso. Si no fuera porque lucho desesperadamente por salir de este mundo, consideraría un honor pertenecer a el.
De allí, taxi hasta la clínica de Vicky, una acupunturista alemana rápida y eficiente, perdonando la redundancia. Especialista en infertilidad, es una mujer muy ocupada, pero gracias a los buenos oficios de Tertia conseguí que me viera. Creo en la acupuntura y Vicky me dijo que estaba abriendo el canal de la concepcion, palabras mágicas a mis oídos. El lunes tengo que volver después de la transferencia para una sesión que estimule la irrigación sanguínea y calme el útero, evitando cualquier tipo de contracciones derivadas de la transferencia de un elemento extraño al cuerpo. Mientras estaba tirada en la camilla, con las agujas puestas, repetía el mantra de Cala. Nam Myoho Renge Kyo. Me gusta como suena.
Un día muy ocupado, considerando que estoy de semi-vacaciones.
Esta mañana comencé con mi primera inyección de heparina y estoy contenta porque no tengo moretón. Seguí todas las instrucciones al pie de la letra y sobre todo, así como me recalcaron, la de no frotar el lugar de la inyección, después de aplicarla (al revés que la progesterona). Después de ver el estado calamitoso de mi trasero en el espejo, pensé que yo podía hacerlo mejor que la bestia del día anterior. O al menos, no podía hacerlo peor. Tome la aguja, la cargue con el aceite pastoso y la clave en el costado superior izquierdo de mis nalgas (te das vuelta y cuando ya no podes girar mas, ahí es el lugar de la inyección). Intramuscular. Con la zurda. Resultado impecable. Soy una diosa.
Ayer pedí agujas en la clínica para la aplicación de la progesterona y me querían dar unas muy gordas.
- no, estas son de 21G para aspirar el medicamento – le decía a la recepcionista - de esas tengo; yo necesito para la aplicación, por lo menos de 23Gauge.
Como diablos me convertí en experta de agujas y jeringas?
PD: mi notebook no tiene acentos ni esa letra que va después de la “N”, ni ninguna de esas florituras del lenguaje castellano así que sabrán perdonar la desprolijidad…
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24 de marzo de 2008
Ultima Edición
El Miedo suele ser opuesto a la Esperanza; cuando uno retrocede, el otro suele avanzar. Aunque a veces, debo admitir que se van los dos y nos dejan con cara de poker, mirando al aire. Sin embargo, el Optimismo pertenece a una especie rara; un mercenario que a veces se alía con uno y otras veces con el otro. Ya lo he dicho más veces pero mi nivel de optimismo habitual, suele rayar con la estupidez. En cada beta espera me entretengo visualizando a mis niños (siempre son mellizos), viendo la ropa de maternidad de Banana Republic y hasta eligiendo colegios por Internet. Considerando que ésta es la octava vez que hago una transferencia, tengo bien ganado mi derecho a una alta dosis de paranoia y sin embargo, pienso que esta vez, ¿por qué no? pudiera funcionar; congeladitos y todo.
Tengo empezado un escrito sobre una de esas frases que dice la gente y que se ha posicionado en el puesto número uno en el ranking de más irritantes, en mi escala personal. Y no es “¿han pensado en adoptar?”, cosa que nos volvieron a repetir hace una semana, sino “por algo se dan las cosas”. O su versión religiosa, favorita de mi ex-jefe “sólo Diosito sabe por qué hace las cosas”, hasta que un día le dije “a Ese, no lo defiendas” y nunca más volvió a abrir la boca. Quería hablar de lo ofensivas que resultan esas palabras, porque sólo dan dos alternativas: 1.- el mundo es justo y yo merezco que Dios haga lo que está haciendo o 2.- mi sufrimiento es parte del gran plan de un Dios/Universo que usa a los individuos como peones de un atroz juego de ajedrez; donde no importa quien caiga en el camino, mientras el “bien general” se mantenga. Algo así como un maquiavélico “fin justifica los medios” . Si Dios existe, me niego a pensar en un Dios cruel, egoísta o vengativo. Hay hombres torturados en el mundo, niños malformes o que han sido violados; ¿cómo alguien puede siquiera atreverse a decir “todo esto que te sucedió fue por alguna razón”? Pero este fin de semana empecé a leer un libro maravilloso que me recomendó una buena amiga. Está escrito por un rabino a quien le tocó sufrir la enfermedad degenerativa y muerte temprana de su hijo, hecho que lo llevó a replantearse su relación con Dios. Y no necesito ser judía para que este rabino llegue a mi corazón; para que sus palabras tengan cierto sentido para mí. El libro se llama “When Bad Things Happen to Good People” (“Cuando a la Gente Buena le Pasan Cosas Malas”). Es un libro extraordinario que analiza, con lógica, cada argumento que aparece de la mano de vecinos bienintencionados, hasta aplastarlos (a los argumentos, no los vecinos). Una de sus conclusiones sigue sin convencerme pero, finalmente, en los porqués de la vida, todas son preguntas. Me gustaría incorporar algo de su trabajo a mi post así que lo dejo para otro día, con más tiempo.
Por lo pronto, dejo de transmitir desde mi lugar de emisión habitual, sito en la soleada ciudad de Miami. Mi próxima edición será realizada desde la bella Ciudad del Cabo, mientras intento reponerme del cambio de huso horario. Twitter será actualizado, probablemente, más a menudo, ya que para ello sólo necesito mi Blackberry, compañera inseparable.
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23 de marzo de 2008
Video divertido
Video cortesía de Majito.
Y no es la propaganda de una clínica sino de una institución financiera... Aunque no lo crean.
(decidí bajarlo por YouTube porque me resultó imposible cargarlo por Blogger)
http://www.youtube.com/watch?v=fGhj2s4FWTA
20 de marzo de 2008
El retorno del Miedo
Tengo un par de reflexiones que hacer; están en mi lista de pendientes del cerebro, dando vuelta, impacientes, esperando su turno y aunque ya les he prometido que un día de estos, les toca el numerito, resoplan ansiosos con el ceño fruncido desde la sala de espera, mirándome con desconfianza y recelo. Sacan la Blackberry, se entretienen dos segundos con las noticias del día y vuelven a molestar, como locutor de radio AM.
Mientras tanto, dedico toda mi atención al Miedo. El Miedo de una infértil siempre está al acecho; solapado, vigilante, esperando el mejor momento para dar su estocada. Cuanto más conocimientos adquirimos, más inteligente y perceptivo se vuelve. Hace mucho tiempo atrás, sólo tenía un miedo genérico al resultado negativo del próximo tratamiento. Ahora el Miedo sabe que cada tratamiento está compuesto de muchos hitos subsecuentes y le gusta hilar más fino; cada tramo es un exámen que una debe pasar frente al Destino: ¿tendré buena respuesta a los medicamentos? ¿Habrá suficiente cantidad de folículos? ¿Fertilizarán los óvulos? ¿Llegarán al tercer día? ¿Serán los embriones de buena calidad? ¿Implantarán? ¿Tendré, finalmente, una beta positiva?
Después de un tiempo, tanto el Miedo como yo nos empezábamos a aburrir, porque es bien sabido que el Miedo no prospera en la rutina; necesita la sorpresa, la excitación del primer encuentro, el imprevisto, el descontrol. Nos mirábamos la cara con expresión de hastío y más de una vez me atreví a darle una patada en el trasero. Sin embargo, en este nuevo juego de embriones criopreservados que estamos empezando, el desgraciado encontró, finalmente, una nueva cara a esta moneda multifacética de la infertilidad y está de nuevo aquí, presente y mórbido, respirando sobre mi nuca e hinchándose de satisfacción: ¿Cuántos embriones sobrevivirán la descongelación?
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18 de marzo de 2008
Mejor me callo
Hoy tengo pocas ganas de hablar.
Podría hablar de que me llegó la medicación y comencé a tomar mis pastillas de estrógeno hace dos días, para preparar mi mullido endometrio. Pero, a una semana de irme, el hecho resulta casi intrascendente.
También podría hablar de los nuevos pecados que nos ha traído Don Benedicto con los nuevos tiempos y preguntarme si los mismos serán de aplicación retroactiva. Es decir, ¿los traficantes de antaño, ahora viviendo de sus jugosos ahorros para la vejez, tendrían un caso debatible frente al Supremo, mientras que los contaminantes actuales irían derechito a verlo a Satanás? ¿Y Bill Gates podrá zafar de la quemazón ahora que le dejó el primer puesto de riqueza a su amigo, Warren Buffett? ¿O se irán los dos juntos, a pesar de haber donado pilas gigantes de dinero de su riqueza personal a ayudar a los demás? Pero la noticia me da tanta risa, que mis mandíbulas desencajadas entorpecen la visión de mi teclado.
Podría seguir con el interesante tema de las quejas y contarles de aquella vez que estaba realizando una reclamación formal por teléfono al seguro médico de O., y la empleada no quería hablar conmigo, ya que las políticas de privacidad sólo le permitían hablar con el usuario.
- Yo entiendo lo que me dice, pero la carta de queja que usted tiene en sus manos, aunque está firmada por el, la hice y envié yo. Si usted lo llama, él no va a tener idea de lo que le está hablando. Yo le puedo dar cualquier dato de verificación que me pida.
- Pero el sabrá, por lo menos, que existe un reclamo, no?
- No, ese es el punto. En mi casa cada uno tiene distintas tareas; yo me encargo de todo lo que sea documentación, reclamaciones y envíos y mi marido se encarga del presupuesto, bancos y demás temas financieros.
- Vaya… Ustedes –con un sorprendido acento sureño- manejan la familia como si fuera una empresa…
Pero no creo que sea prudente seguir de ánimo quejoso.
Les podría contar que está quemándose el último leño en el hogar; que soy muy pobre hoy; que por una sonrisa doy todo lo que soy, porque estoy solo y tengo miedo… Uy, no, ésa era de Serrat.
Y como no tengo nada que contar, mejor me callo.
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13 de marzo de 2008
Ataque en el supermercado

O. siempre dice que le hubiera gustado ser juez. No es por el status, ni por evitar el pago de impuestos, sino por esa incontenible tendencia a regular la vida de los demás, cuando se dejan. No sé como le hubiera ido como magistrado, pero de lo que estoy segura es que hubiera sido un excelente abogado litigante. Es astuto, inteligente, irritantemente perfeccionista, nunca se queda callado y responde con rapidez a las provocaciones.
El domingo pasado paseábamos nuestro carrito por un supermercado gigantesco, mayorista; de esos que te obligan a comprar veinticinco ingentes frascos de aceitunas con carozo, en lugar de una pequeña lata de aceitunas españolas, rellenas con anchoa, como a mí me gustan. Pero dada la familia numerosa que tenemos en casa, se ve claramente la necesidad que tenemos de comprar ahí. Creo que aún tengo en casa un rollo de papel higiénico que compré en el año 1995.
Cuando una cae un fin de semana, no hay más remedio que zambullirse entre oleadas de individuos que se van moviendo por los pasillos como autómatas, en sentido contrario a las manecillas del reloj. Desde que se pone el pie en la puerta de entrada, una debe seguir avanzando a través de las góndolas cargadas de ofertas y ser lo suficientemente rápida como para ir llenando el carrito, sin detener los pies. Frenar es impensable; tampoco es posible la marcha atrás. Es un camino sin retorno y con una única salida: la caja. La primera vez que entré, fui a buscar pollo, aceite y atún y salí con lo único que pude alcanzar: arroz, salmón, aceitunas y jabón para la ropa. Con el tiempo, fui afinando la estrategia.
Iba una morocha atrás mío con el celular colgado de la oreja, riéndose y mirando al horizonte. Dos pequeños toques de su carrito en mis tobillos fueron más que suficientes para hacerme dar vuelta con el ceño fruncido. Podía haber tenido la cara pintada de verde que la fulana no se hubiera enterado, tan entretenida parecía estar la conversación telefónica. Miré hacia abajo y como era de esperarse, su carrito estaba vacío; obviamente, no se puede comprar ahí si una no está suficientemente concentrada y vigilante en la tarea.
El tercer toque fue más fuerte y solté un agudo “ouch”. Me dí vuelta con cara de enano envenenado y la mujer se apresuró a decir, sin sacar el celular de adentro de su tímpano y sin demasiada convicción, “I’m sorry”. Le dí la espalda, levanté mi mano derecha en actitud de “estoy bien pero no me molestes” y me alejé rengueando exageradamente.
O. se dió cuenta de la situación cuando me escuchó chillar y como tigre protector, frenó en seco, arqueó las cejas y se dió vuelta, listo para saltar sobre la yugular del agresor. Con los ojos entrecerrados y a pesar de mi mirada que le suplicaba que lo dejara pasar, le dijo, áspero:
- Debería tener mas cuidado.
- Ya le dije que lo sentía…
Yo escuchaba la conversación mirando hacia las baldosas, entre las ofertas del queso brie. Tiré despacito de la manga de O. para llevármelo hacia la zona de los vinos blancos, pero la falta de arrepentimiento sincero de la ofensora no hacía más que exacerbar a mi media naranja.
- Tal vez si se sacara el teléfono del oído, pudiera fijarse mejor en lo que hace.
- ¿Perdón? – dijo la atropelladora, con sonrisa irónica – Ya le pedí disculpas, ¿qué más quiere que haga?
- ¡Que maneje con cuidado, para que no atropelle a la gente! –dijo O. mirándola de frente, y parando así, riesgosamente, el tráfico.
A esa altura, yo ya estaba, arrastrada por el gentío, cerca del agua embotellada y miraba la escena de media distancia. O. se acercaba con la sonrisa de la labor educativa cumplida, y yo lo miraba con una mezcla de interrogación y risa. Como me conoce, hizo lo que hace siempre cuando quiere que me calle, me dió un abrazo de oso y me dijo:
- ¡alguien le tiene que decir las cosas! Seguro que cuando va manejando con el auto, hace lo mismo…
Héroe o Comandante en Jefe?
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11 de marzo de 2008
Seguimos con los temas de sangre
Definitivamente no entiendo a los médicos. De cosas insignificantes hacen a veces una telenovela, mientras que desechan con un simple gesto de muñeca otras cosas que, desde mi humilde silla de paciente, me parecen extraordinariamente importantes.
Por cuarta vez ayer, en los últimos tres años, los resultados de los análisis de sangre me dicen que los anticuerpos anticardiolipidos IGm están altos, incluso tomando aspirina infantil. El hematólogo dice que eso significa que tengo una propensión algo más alta que la gente “normal” para tener coágulos sanguíneos, hecho que, según él, no es un problema hasta que el embarazo no está establecido. No tengo SAF. No tengo ninguna enfermedad; tan sólo una simple, insignificante, trivial, anodina “anormalidad” que, simplemente, puede impedir la correcta irrigación sanguínea en determinadas áreas de mi cuerpo, incluyendo pero no limitado al útero.
Como siempre que el sentido común médico me falla, recurro a Google, que me muestra una enorme cantidad de estudios donde, no sólo se establece con bastante autoridad que los anticuerpos anticardiolipidos son uno de los factores más importantes en los casos de abortos recurrentes, sino que además se cree que pudieran interferir en la implantación y la división celular durante la embriogenesis.
Este artículo, uno de muchos, está sacado de una publicación médica de una agencia de gobierno (y es por todos sabidos que los gobiernos nunca mienten). Se titula “Anticuerpos Anticardiolipidos inducen a la pérdida del embarazo mediante el deterioro de la implantación embrionaria” o algo así. Concluyen diciendo que los anticuerpos reaccionan directamente sobre la pre-implantación de los embriones. El estudio está hecho sobre ratonas pero, obviamente, a esta altura no nos podemos poner de animo separatista. Para quien aún tenga sus dudas, éste está hecho sobre mujeres y también es financiado por el gobierno. “Pacientes con embarazos bioquímicos o sin embarazos tenían anticuerpos anticardiolipidos en un 20% y 16.2%, comparado con el 5.6% en pacientes con embarazo clínico”, concluyendo que estos anticuerpos “pueden jugar un rol en la implantación del embrión y en la perdida post-implantatoria temprana”. ¿Que más necesitamos saber? Como es costumbre por parte del gobierno, también tienen estadísticas, estudios y dictámenes que opinan exactamente lo contrario. Así nos dejan a todos contentos.
¿Qué son los anticuerpos anticardiolipidos(o anticardiolipina)? “Los anticuerpos antifosfolípidos son un grupo de autoanticuerpos dirigidos contra complejos específicos de glucoproteínas (en general, asociados a células) y fosfolípidos aniónicos.” “Los anticuerpos antifosfolípidos pueden dividirse en dos grupos generales: anticuerpos anticardiolipina y anticoagulantes lúpicos.”
Finalmente, le planté frente al hematólogo y le imploré humildemente que sigamos adelante con el plan de la heparina, a lo que accedió amablemente, diciendo que me quiere ayudar a que no me quede con la duda. Así que derechito fui a la farmacia con mi flamante receta y ¿lo mejor de todo? La costosa medicación está cubierta por mi seguro médico. ¡Al fin tenía que meterles algun gol!
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6 de marzo de 2008
Día 1 del ciclo
Ya estoy en cuenta regresiva. Ayer fue mi día uno del ciclo y me apliqué la inyección de Lupron. Conversación con O. en el baño, mientras yo abría la caja del medicamento:
- ojalá tuviera diez dólares por cada inyección que me he puesto – dije yo, con un suspiro.
- yo ojalá tuviera un hijo por cada cien… - susurró, sombrío, O., quien ya está de este tema hasta la altura del gorro.
Que fácil que es ir a un ciclo de congelados; sin mucha esperanza pero también sin demasiadas complicaciones. Una sola inyección, nada de controles día por medio, ni análisis de sangre, ni dosis reguladas, ni enfermeras insensibles, ni ultrasonidos, ni moretones, ni stress. Si hubiera sabido, habría producido más huevos en mis FIVs anteriores, digo yo, en un arrebato de obvia ironía. Sólo una inyección subcutánea, pastillas de estrógeno que comienzan el día 15 de marzo, un control de endometrio el 28 de marzo y transferencia el día 31, si los vientos soplan a favor.
Sólo veinte días quedan para el despegue y el optimismo del gobierno es cauto.
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4 de marzo de 2008
Más noticias
Reuters. Enviado Especial.
El Mundo Fértil sigue enviando noticias a través de nuestros enviados especiales.
El laboratorio encargado del procesamiento del material especial enviado por mi ginecólogo, luego de utilizar las técnicas de biopsia endometrial y cultivo, ha indicado que los niveles encontrados se encuentran dentro de los parámetros considerados normales.
Cierta famosa curandera de la Provincia de Buenos Aires ha indicado días atrás a la madre de mi esposo, que este último se encuentra ya libre de toda maldición, no así mi estimada menda que sigue, citando textualmente, “cortada”. El novedoso tratamiento con el que debo continuar incluye algunas hierbas como ruta graveolens y rosmarinus officinalis, más conocidas vulgarmente como “ruda” y “romero”.
Volviendo a las crisis internas, el periodo de menstruación esperado desde hace cuatro días, aún no se ha hecho notar. Los ministros a cargo analizan varias posibles explicaciones aunque se descarta la presencia de embarazo, dadas las bajas temperaturas corporales y un test realizado en horas tempranas. Si bien este hecho resulta sumamente atípico y definitivamente retrasa los planes para poner en marcha el programa de fertilización, el gobierno local se encuentra calmo y no ha anunciado aún un plan de acción.
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3 de marzo de 2008
Ensayan un nuevo método para hacer fertilización asistida
Por: THE GUARDIAN. ESPECIAL
Gran Bretaña lanzó ayer la primera prueba en el mundo de un tratamiento de fertilidad que aspira a ser más natural que la fertilización in vitro (FIV) tradicional.
Este tratamiento, bautizado in vivo development (IVD) o desarrollo en vivo, apunta a eliminar la probeta del proceso al permitir que los óvulos fertilizados se desarrollen en el vientre de la madre, en lugar de en el laboratorio.
La prueba durará un año, incluirá a clínicas de fertilidad de Nottingham y otros sitios de Europa y tiene lugar luego de una exitosa prueba piloto de pequeña escala realizada en Bélgica. Según los investigadores que abogan por esta nueva forma de fertilizar, esta nueva técnica conducirá seguramente a obtener embriones de mejor calidad, es decir, con menor cantidad de anormalidades.
"Si podemos reemplazar al laboratorio por el vientre materno en un 90 por ciento del proceso de fertilización asistida, ésta ingresará en una nueva era" comentó Simon Fishel, que dirigirá la rama británica de este experimento en el Grupo CARE, en las clínicas de fertilidad de Nottingham.
En el proceso de fertilización in vitro normal, los óvulos son fertilizados junto con el esperma y luego se los deja crecer en una placa de Petri (un cristal) que contiene sustancias químicas y nutrientes que simulan las condiciones biológicas del aparato reproductor femenino.
El nuevo tratamiento reemplaza a esa placa de Petri casi por completo. Con esta nueva técnica, cada óvulo fertilizado es insertado en una cápsula de silicona perforada de menos de 1 milímetro de ancho, que es introducida en la mujer a través del cuello del útero. Para hacerlo, se utiliza una sonda o cánula similar de un grosor mínimo. Los agujeros de la cápsula permiten que las hormonas y otras sustancias del vientre materno rodeen al embrión mientras crece. Días después, la cápsula es retirada para que el embrión pueda implantarse de manera natural.
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29 de febrero de 2008
Sentencia en CE
Ana, una querida y alerta lectora, me envió esta noticia para compartir.
Es un consuelo saber que en alguna parte del mundo no somos vistas como parias; la Comunidad Europea siempre lleva la delantera en ciertos aspectos relacionados a la protección de las personas, la privacidad, la situación laboral. Hurra por ellos.
Otro punto que me llama la atención es que para los tribunales, y contrariamente a lo que nos dicen los docs, el embarazo comienza en el momento de la transferencia de embriones. Nada de betas, ni esperas, ni inyecciones de progesterona, ni ver si se duplican los valores, ni bioquímicos, ni niveles de estradiol, ni dos rayitas en un palito de plástico. Que hermoso sería vivir en un mundo tan simple...
Sin embargo, la noticia me genera muchos interrogantes. Me pregunto, para empezar, la más obvia de las cuestiones: ¿por qué una empresa querría despedir a una mujer cuyos embriones están a punto de ser transferidos? A esa altura, la mujer ya salió veinticinco veces de la oficina, en horario de trabajo, para ponerse, pies en el aire, en la oficina del doc; se tuvo que inyectar en el baño algún día que se retrasaron las medicinas; llegaba tarde, andaba de un humor de perros y ladraba cada vez que le decían buen día; tenía la panza hinchada y pocas ganas de arreglarse por la mañanas, y el día de la anestesia, había insultado a la esposa de su jefe. Una vez que todo eso se acaba, que la mujer entra en un periodo de paz precaria y se incorpora nuevamente a la vida con una luz de esperanza en sus ojos, ¿la despiden? No sólo no es justo sino, digo yo, incomprensible.
¿Que piensan?
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26 de febrero de 2008
Educación temprana
Hay varias de mis amigas por la computadora que están empezando (o luchando en el medio de) un tratamiento de fertilización asistido. Hay mujeres que me leen, que están a punto o acaban de tener transferencias embrionarias.
A ellas les recuerdo que no debe ser fácil ser embrión. Hay que utilizar enormes cantidades de energía para multiplicarse, desarrollarse, generar hormonas, incorporarse a un nuevo trabajo y encima, entre toda la maraña del útero, buscar vivienda. Si en el mundo exterior, con muchos más recursos, celulares, asistentes, parientes, vecinos e Internet, es difícil sobrevivir; imagínense lo que será para una diminuta entidad con acceso limitado a la informacion y sin brújula. No es extraño entonces que, algunas veces, se confundan y quieran anidar en, digamos, los pulmones; a pesar de nuestras insistentes explicaciones acerca del sistema reproductivo femenino y el uso de cada órgano.
Para todas ellas y a fin de ayudar a sus pobres y desorientados embriones, les dejo este sencillo regalo para ser colocado apropiadamente en sus respectivos endometrios:
22 de febrero de 2008
Yo, la de la sangre licuada
Resulta que soy mas pesimista de lo que imaginaba, porque no fue ni remotamente difícil hacerme los estudios con mi ginecólogo, ni convencer al hematólogo.
Hablé con la enfermera de mi ginecólogo para hacerme los cultivos y la biopsia y me preguntó, “cuándo podés venir?”. Yo que estaba armada hasta los dientes de razones por las cuales necesitaba que me hicieran los estudios, me tuve que tragar los sables encendidos. Fue tan rápido todo que no tuve ni tiempo para quejarme del mordiscón de la biopsia. Mejor dicho, que te saquen un trozo del endometrio no es la mejor manera de empezar el día y deje constancia de ello, pataleando y clavando mis dientes apropiadamente en el sillón del consultorio de mi doc; para lo que no tuve tiempo, fue para consultar con San Google y saber si me iba a doler o no, así que me cazaron por sorpresa, como potro en la yerra. En fin, ya está y ahora hay que esperar dos semanas para saber los resultados.
Con el hematólogo, la cita fue interesante. El doc es una eminencia, da clases, ha publicado una pila de papeles casi tan grande como mi expediente médico y se especializa en reproducción, así que le tengo confianza. Es un hindú serio y que no anda con muchas vueltas. Me gustan así los médicos, serios, eruditos y con experiencia; los simpáticos y que me quieren complacer, me empalagan tanto como un vendedor de tiempo compartido. Me escuchó sin pestañear el alegato que llevaba preparado acerca de por qué mi otro médico piensa que debemos darle una oportunidad a la heparina y de cómo yo estoy de acuerdo (principalmente, porque no tengo otra cosa que probar). Sonrió levemente, se miró las manos y me dijo que no soy la primera en solicitarlo; que a veces intentan con heparina en los casos en que hay varias pérdidas de embarazo o múltiples fracasos de fertilizaciones asistidas sin razón aparente (creo que con siete intentos, ya puedo aspirar a esta última clasificación). También me confirmó que el tema de la implantación es un misterio para la ciencia médica; van a tientas, con ojos vendados, por el viejo método de la prueba y el error.
- Quiero que sepas que no hay una razón médica para aplicar Lovenox (heparina de bajo peso molecular), porque si así fuera, ya lo habríamos usado antes.
- Lo entiendo.
- Y también que entiendas que la heparina te va licuar la sangre de forma importante, por lo que cualquier herida va a sangrar de forma descontrolada.
- Lo tendré en cuenta… - dije yo, con el estómago dando saltos y la cara descompuesta.
- No te podés lastimar bajo ningún concepto. No corras, no andes en bicicleta; si tenés un accidente, te tienen que llevar de inmediato a una sala de emergencia.
A esa altura, los músculos de mis piernas tenían la textura de la mayonesa y un frío hálito bajaba por mi columna. A pesar de lo mucho que lucho contra ella, tengo una ligera tendencia hacia la torpeza y mi ávida imaginación me mostraba caída en un aeropuerto, alrededor de un charco de sangre. Ya les contaré otro día por qué este escenario no es tan surrealista como podría parecer.
Antes de irme, pregunté “entiendo que ésta puede no ser la solución a mis problemas, pero en otros casos que lo han intentado, ¿ha funcionado?”. Me miró a los ojos y me dijo “a veces, sí”. Eso es todo lo que necesito. A veces, sí.
Así que ya estoy casi lista para ir a buscar a mis congelados. Aún no le he contado nada a mi doc de Sudáfrica de todas mis desventuras con el resto de los médicos del mundo, pero ya me pondré al día con él, cuando llegue a Ciudad del Cabo.
Finalmente, resulta que me estoy atendiendo por un médico belga en Sudáfrica, con ayuda paralela e incógnita de una doctora argentina, y apoyada por un médico hindú, que vive en Miami. ¿Por que será que a esta altura ya nada me sorprende?
Si conocen algún buen medico en Yakarta, déjenme saber, ya que debe ser el único al que no le he dejado algo de dinero.
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19 de febrero de 2008
El camino de la infertilidad es un sacerdocio
Y pensar que cuando empecé con este blog de infertilidad, pensé que me quedaría sin tema a las dos semanas. Pero no, las cosas siempre se complican un poquito más, en esta trama de intriga y suspenso.
Como he dicho más veces, mi síndrome de abstinencia no me deja estar más de un mes sin hablar con un médico, así que en mi rápida visita a Buenos Aires, fui a ver a la Dra. K., muy conocida en ciertos foros de Internet. El aspecto de la sala de espera me llevó treinta años atrás, más o menos los años que tenía la alfombra; pero el lúgubre sitio no oscureció la visita con una profesional detallista y franca. Después de revisar mi largísimo expediente sin apuro, me dijo que le extrañaba que no hubiéramos logrado nunca ningún embarazo, después de tantas transferencias de embriones decentes. No encontraba ninguna razón médica aparente para ello, así como yo no encuentro ninguna razón metafísica tampoco.
Me recomendó que antes de la próxima transferencia de congelados me hiciera una biopsia de endometrio y un cultivo para ureaplasma y clamidia. “Para estar seguras que todo esta bien ahí adentro y no hay infecciones” dijo. El último cultivo era del año 2004 y nunca antes había hecho una biopsia. Pensé en lo complicado que iba a ser convencer a mi ginecólogo en Miami para hacerme un test relacionado con infertilidad, pero me mantuve inmutable.
Segundo, y quizá más importante, leyó detenidamente mis resultados con el hematólogo. Frunció el ceño un par de veces y me preguntó si nunca había estado medicada con anticoagulantes. Le dije que no y que el hematólogo me había dicho que tenía un cierto anticuerpo algo más alto de lo normal pero que eso sólo afectaba a las embarazadas cuando su placenta comienza ya a tomar control, es decir después de la sexta o séptima semana. La doc dijo que, si bien eso es científicamente cierto, lo que inquieta es lo que la ciencia no sabe, y en el terreno de la implantación, parece ser que estamos como en el campo de la energía nuclear antes de que naciera Einstein. Ella piensa que en casos como el mío, pudiera haber alguna falla de implantación debido a insuficiente irrigación sanguínea y me recomienda un dosis de 40 mg de heparina de bajo peso molecular (acá se llama Lovenox). Esa droga es delicada y debe aplicarse con control médico regular, así que me pidió que busque algún doc en Miami que me quiera acompañar en el experimento.
Los foros de infertilidad están llenos de heparina y debo confesar que añade un poco de julepe a mi brillante carrera como infértil. Por otra parte, los elementos nuevos me dan la agradable sensación de estar haciendo algo para llegar a un resultado diferente. ¿Será tan peliagudo como dicen, che?
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